jueves, 25 de marzo de 2010

Desengaño

Desengaño
Dedicado... a 'ellas'


Desgastando las últimas frases hechas en los recuerdos más recientes he llegado a la conclusión de que siempre es la misma cantinela. Es lo que hay, ya veremos, iremos tirando, más o menos, que le vamos a hacer. Estoy cansado de falsas promesas, máscaras y medias verdades. Harto del mundo donde nada es verdad. Me obligan a formar parte de ello, no me gusta la idea, no me gusta su juego.
La vida es un mar de dudas, unas se pierden en la infinidad azul, otras rompen contra las rocas del desengaño. Pocas llegan a las tranquilas playas para disiparse sosegadas. Puedes sentir como tu cabeza se estrella contra el arrecife y explota en mil pequeños pedazos. Erosionado por incontables olas que ya se torturaron mucho tiempo antes con las afiladas piedras, no podrás mas que sacarles un poco más de punta. En el fondo la razón duerme sosegada, oculta en la oscuridad donde los rayos de sol no son más que tímidos turistas extraviados. ¿Pero verdad que es mucho más llamativa la tempestad de la superficie? Las olas agitadas por la tormenta resuenan violentas y se estremecen, y los marineros gritan y juran improperios con el puño en alto. Pero, ¡ay amiga de aquellos que navegan en la tormenta! pues terminan ensartados en el viejo arrecife junto con las desafortunadas olas...
Eso es lo que le pasó a aquel marinero ya en antaño, ¿cómo se llamaba? da igual, no recuerdo su nombre. Navegaba entre las olas como un simple pescador pero creyéndose un bravo pirata. Su barco era Mentira. Grande, lento y destartalado. Mentira le había sido útil durante gran cantidad de años, y aunque era torpe y poco ortodoxo (más bien nada) le había llevado siempre a cumplir sus deseos y atracar en blancas playas de fina arena y sinuosas dunas.
Pero tarde o temprano las aguas se agitan y la corriente arrastra hacia los inexorables arrecifes. Lamentablemente para aquel pescador pirata que entre el fuerte oleaje veía llegar su fin. Su querido Mentira se desmantelaba poco a poco mientras las corrientes lo enfilaban hacia las afiladas piedras. 'Arrr' gritaba el marinero, pero de poco le servía exclamar nada. Un aparejo que se soltaba por allí, un barril de pólvora explotaba por allá. Mentira hacía aguas más que nunca hasta que aconteció el desastroso, y anunciado final, para el pirata pescador.

Solo quedaron los recuerdos de tablones en una costa lejana y ésta trivial historia.

domingo, 28 de febrero de 2010

Fránsico - Anécdotas #1

Los bajos fondos de Aguas Profundas

(Si las aguas son profundas imagínate los bajos fondos)

La taberna “El Bazo de Goblin”, no era precisamente una de las más populares de Aguas Profundas, pero solía pasar la noche en un ir y venir de licores variados. Paco, con los colores que otorga el vino especiado, correteaba de una punta a otra la tarima del establecimiento, punteando su laúd con la uña de trol que utilizaba para aquel menester; canturreaba aquella copla que habla del origen de los dragones:

“Dragoncitos a volar

cuando acabas de nacer

tu colita has de mover

pio, pio, pio, pio”


Tras él brincaban ya un par de ciudadanos, animados por el alcohol y la alegre cancioncilla agitaban los codos imitando a un dragón recién nacido; como si de sus escamosas alitas se tratara. Pero a excepción de Paco y los dos espontáneos bailarines, nadie más movía ni un solo músculo dentro de la taberna. El tabernero detrás de la barra ni pestañeaba, los borrachos habituales no habían probado una gota en toda la noche, tampoco se atrevían a levantarse de sus asientos, a las casquivanas mozas que frecuentaban los alrededores no se les había visto el pelo. Todas las miradas observaban de reojo una única mesa. Mientras tanto, Paco ajeno a toda aquella sombría situación continuaba con su alegre revoloteo entre los presentes, canturreando jovial en compañía de las agudas notas que salían de su laúd.


En aquella mesa, centro de todas las disimuladas atenciones, permanecían uno frente a otro dos caballeros, versados en el arte de la picaresca. Por un lado el viejo y experimentado Baturno “Rajatripas”, líder de la cofradía de ladrones “Daga Afilada” y al otro extremo de la mesa su contrapuesto, el joven e impulsivo cabecilla de la banda rival “Las sombras” (los ladrones nunca han destacado por su original retórica) que se hacía llamar a si mismo Ojosucio, en alusión a un desagradable problema médico que no viene al caso. Ambos diplomáticos callejeros discutían temas relativos al reparto de la ciudad, en lo concerniente al aprovechamiento de las oportunidades que ésta ofrece a los que podemos llamar... hombres ambiciosos.

Éstas “asambleas” entre personajes gustosamente megalómanos no eran algo frecuente; por lo general los implicados elegían un ambiente más discreto, pero las relaciones entre ambos grupos no estaban como para tirar bolas de fuego. Los dos dirigentes habían coincidido en que un lugar público era la opción más indicada para evitar tentaciones derivadas de la ausencia de testigos (meras formalidades como los asesinatos a traición, envenenamientos, etc.). La reunión fluía sin problemas, y aunque podía sentirse cierta tirantez en el ambiente no parecía haber motivos para llegar a las dagas. De fondo los dragoncitos de la canción Paco seguían revoloteando, pero para los ocupados dialogantes no era más que un murmullo lejano.

Baturno hablaba gesticulando mientras Ojosucio afirmaba con la cabeza, los dos reclinados sobre la mugrienta madera para no tener necesidad de levantar excesivamente la voz (¿habrá algo que les guste más a los ladrones que el secretismo? Bueno... quizá robar). Las decisiones tomadas en aquella reunión iban a afectar considerablemente al futuro del distrito; ambas cofradías tenían formas muy distintas de proceder. Baturno era partidario de la venta de servicios al pequeño negocio, como el alquiler de seguridad, para evitar que otros ladrones no robaran a los protegidos (claro que todo mentira, los propios ladrones eran los encargados de la seguridad), y si alguien se negaba a la compra de éste vital servicio, Baturno se veía obligado a tomar medidas ligeramente más drásticas, como puede ser el secuestro de los primogénitos del comerciante (la técnica “orejas de cerdo”, llamado así por el típico gritar del afectado, solía ser muy efectiva), o visitas nocturnas con numerosos daños materiales. En definitiva una simple estrategia de negocio. Por otro lado, Ojosucio prefería un enfoque más directo del asunto, como ya le había explicado a su interlocutor varias veces; a su juicio las florituras y añadidos no son más que gastos intermedios innecesarios y por lo cual, a parte de una perdida de tiempo; un uso inadecuado de recursos tanto humanos como materiales; era un receso para el negocio. Ojosucio, haciendo gala de su característica practicidad, prefería extorsionar a los mercaderes amenazándoles con arrebatarles la vida o mucho peor aún arruinarles el negocio (aunque parezca increíble la mayoría de los mercaderes preferían perder la vida al negocio, al fin y al cabo un próspero empresario puede pagarse los servicios de un clérigo), se puede decir que su política de negocio era un fiel espejo de su personalidad directa, agresiva y ambiciosa.

Mientras tanto, Paco que llevaba ya en su cuerpo serrano un par de vinos más se plantó delante de la mesa ‘LIM’ (Ladrones Importantes Maquinando). Hasta aquel preciso momento, Paco no había sido más que un constante murmullo de fondo para los dos diplomáticos, un moscardón que revolotea ruidoso alrededor... el problema es cuando el moscardón se para en el ojo de alguien a quien no le gustan los insectos alados, ni los músicos ambulantes.

-¡Amigos! ¡Unas monedillas para el artista!- Dijo Paco sosteniendo al revés su bigornio para recoger las limosnas.

-Déjanos en paz, baboso- Contestó Ojosucio sin prestarle demasiada atención al bardo.

-¡Venga amigos! ¡No seáis maleducados! Una vez conocí a un perro luskanita que era más amable que vos.

-¡Que te pierdas, ositas!- Gruñó de nuevo Ojosucio, pero Fránsico sin darse por aludido agitó el sombrero haciendo sonar las monedas que ya llevaba en él, una eficiente estrategia para hacer sentir culpables a los menos generosos. A su vez Baturno extendió la palma de su roñosa mano frente al impulsivo Ojosucio cuando advirtió que éste había echado mano de su daga.

-Tranquilo camarada, no hay motivo para tomar acciones precipitadas, vera usted noble bardo,- volviendo su mirada hacia Paco -que aquí mi amigo y yo no hemos estado escuchando su interpretación debido a que estábamos totalmente inmersos en nuestros propios asuntos y charla privada, que si mi permite decir, son más importantes que cualquier cancioncilla popular, sin ánimo de ofender a su persona.- Paco, que en la tercera palabra había perdido el hilo de la conversación volvió a agitar el bigornio, esperando una donación que no llegaría nunca. Ya fue demasiado para la escasa paciencia de Ojosucio; rápido como un rayo, antes de que Baturno pudiera hacer nada por evitar la respuesta violenta, Ojosucio haciendo patente de su increíble destreza cogió a Paco por la punta de su capa, sin moverse ni levantarse del sitio enrolló al confuso bardo en ella misma, lo tumbó de lado sobre la mesa desparramando cerveza por todos lados cuando las jarras volaron por los aires. Como guinda del pastel con una afilada daga, de una fuerte estocada fijó capa y madera dejando inmóvil a Paco dentro de su propia prenda. Para asegurarse de que el desgraciado bardo había entendido la objeción, Ojosucio clavó otra daga a escasos dos dedos de la nariz de nuestro desafortunado protagonista.

Diremos en favor del particular bardo, que aunque un poco atolondrado, de tonto no tenía un pelo y su afilado ingenio le salvó la vida en numerosas ocasiones; aunque si no hubiera sido por culpa de su disperso espíritu y escasa moral no se habría visto envuelto en semejantes embrollos.

Paco recibió un directo al hígado.

-¿Quieres morir maldito bufón beodo?- Preguntó el embrutecido Ojosucio terminando con otro golpe en la castigada víscera de Paco. La cara de dolor que mostró el bardo expresaba muy bien el notable conocimiento que Ojosucio poseía sobre la anatomía humana. Paco que veía su gaznate en serio peligro, puso todo su empeño en concentrar las desordenadas ideas que le circulaban por el seso, para salir airoso de la peliaguda situación; de una manera completamente inusual y chocante para los que estaban presentes, Paco contestó con parte de un poema que en tiempos escuchó a importante bardo de la Costa de la Espada.

“¡Sentenciado estoy a muerte!

Yo me río

no me abandone la suerte,

y al mismo que me condena,

colgaré de alguna antena,

quizá; en su propio navío
Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo,

sacudí.”

Qué bonita es la magia para los amantes de las artes arcanas; es una lástima que un puñado de ladrones analfabetos no sepan reconocerla cuando la tienen delante de las narices. A decir verdad, Paco tampoco entendía esa magia como tal, magia que utilizaba en escasas ocasiones; para salir de algún aprieto (o ayudar con alguna seducción). El ignorante bardo comprendía sus inusuales poderes como una extensión de su arte hacia los planos divinos; siendo la misma diosa Sune, de portentosa belleza y ardientes pasiones, quien se había encaprichado de su voz. Presuntamente la femenina deidad le entregaba a él, que era un simple mortal, las útiles herramientas que le ayudaban a... no morir por culpa de su excéntrica conducta. Desgraciadamente la curiosa teoría filosófica terminaba cuando Paco empezaba a fantasear con hermosa Sune, en lo que podemos llamar “sueños eróticodivinos”.

El perspicaz bardo había lanzado un conjuro sin que los enfurecidos ladrones tuvieran opción a darse cuenta. Ojosucio, confuso por lo que para él eran tonterías le soltó a Paco otro mamporro en su dolorido hígado.

-¿Que paparruchas estás diciendo mendigo de cloaca?- Levantó el puño de nuevo para recordarle a Paco cual es el significado de la palabra dolor. Baturno, que había permanecido en silencio durante la explosión de violencia gratuita con la que el impulsivo Ojosucio había animado la noche, decidió interrumpir en la dramática escena para poner el punto de cordura que le caracterizaba; pero no fueron palabras tranquilizadoras las que salieron de los labios del viejo ladrón.

-¡Venga, mátalo ya! ¡Eres más cobarde que un kobold, siempre lo has sido!- Ojosucio se volvió hacia el anormalmente sobresaltado Baturno.

-¿Que dices viejo asqueroso? ¡¿Me estás llamando cobarde?!- Ojosucio encolerizado agarró la daga que había permanecido clavada frente a la cara de Paco, inmediatamente se escucharon los silbidos metálicos de numerosas dagas desenfundándose; presumiblemente de las dos docenas de encapuchados que había esparcidos por la taberna (muchos ladrones seguían creyendo que ir vestido de negro y taparse el rostro era pasar desapercibido). Sin necesidad de magia alguna, el tabernero y la mayoría de los parroquianos desaparecieron de la escena. Baturno, acalorado intentó explicarse en vano, pues no fue una explicación lo que escucharon los presentes.

-¿Osa llamarme asqueroso quien por ojo tiene una boñiga?- Fue la gota que colmó el vaso, si algo no soportaba Ojosucio eran los comentarios despectivos a cerca de su grave problema ocular; a su parecer no era un tema de mofa.

Lejos de sentirse en peligro, Paco disfrutaba del espectáculo; aquel conjuro de ventrilocuismo le había salvado el pellejo en más de una ocasión. Gracias a su vida entre taberna y taberna había aprendido a manejar a gente como Ojosucio, cuya violenta conducta no era más que un subproducto de sus miedos e inseguridades; en el fondo no era más que un niñito desamparado e indeciso (los clérigos estaban ya cansados de confesar a asesinos con traumas infantiles).

Antes de lo que dura un conjuro de parar el tiempo, Ojosucio se abalanzó sobre Baturno y los compinches de ambos entre sí, dando comienzo a lo que era una guerra abierta entre cofradías de ladrones.

Las dagas volaban, hombres apuñalados caían encima de las mesas despatarrándolas, y así numerosas irregularidades por el estilo en las que predominaba el color rojo y los gritos de dolor se sucedían, una tras otra dentro de “El Bazo de Goblin”. Paco se soltó como pudo, se dejó caer al suelo, recogió el laúd y se arrastró esquivando muertos apuñalados y ladrones en proceso de.

Mirando de nuevo a la fría noche, Paco corrió todo lo que pudo en busca de un lugar donde esconderse a salvo, y a poder ser otra copa.

Cuanto se habría ahorrado con el simple hecho de prestar un poco más de atención...




Fránsico - De su niñez y andanzas.

Fránsico - De su niñez y andanzas.

La mejor forma de contar la vida de un bardo es en prosa. Bastante tenemos ya que aguantar sus estridentes notas de laúd y las forzadas rimas que expresan todo menos naturalidad. Hoy hablaremos de la irregular trayectoria de Fránsico, ó Paco para amigos, conocidos y todo aquel que desee tomarse confianzas.


Fránsico, bueno, Paco era natal de la vetusta ciudad de Neverwinter, al norte de la Costa de la Espada. Sus padres eran dos mercaderes dedicados a la empresa de la fabricación y venta de plumas mágicas para escribir, más comúnmente conocidas como blumígrafos. Como al parecer el negocio de los blumígrafos no era lo suficientemente rentable, (avisados estaban de que los magos son muy conservadores a lo que a éstos temas se refiere) decidieron ampliar su negocio al campo de la conservación de productos alimenticios. Pusieron en marcha una sofisticada estrategia comercial, junto con cada ración de carne seca, obsequiaban un blumígrafo. Desgraciadamente la mayoría de clientes que compraban sus mercancías ni siquiera sabían leer ó escribir, siendo el destino de la mayoría de éstos aparatos para la escritura yacer en el fondo de algún cajón. Como la carnicería les fue bastante mejor decidieron concebir un hijo, y tras los esfuerzos que esto conlleva Paco llegó a Faerûn.

Daremos un pequeño salto en la vida de Paco, sabido es que en los primeros años de vida el único interés de la persona es tetar y dormir (aunque en el caso de Paco se puede decir que después de tres décadas poco ha cambiado). A la tierna edad de siete años, las artes sociales de Paco comenzaban a despuntar. No era raro verlo corretear por el mercado rodeado de un grupo de niñas. Los demás chavales, (quizá por envidia quién sabe) lo tachaban de rarito, nada más lejos de la realidad puesto que las traía a todas locas. Pero no solo de halagos vive el hombre y las laminerías no se pagan con cuatro palabritas bien dichas, por muy mono que fuera el niño. El hambre hace la necesidad, aunque en éste caso se trate de gula, y el chaval se las ingenió para hacerse con unos cuantos cobres que pagaran sus dulces deseos. Zorro como el sólo se fabricó un rudimentario instrumento de cuerda capaz de reproducir cuatro notas, afinado a oído. Observaba el tránsito del mercado, para saber cuales eran las esquinas donde pasaba más cantidad de gente. Tras encontrar el lugar idóneo, se plantaba en el a tocar musiquilla y hacer monerías a los caminantes que pasaban. En la mayoría de ocasiones era apartado a empujones por transeúntes que no querían saber nada de mendicidad, pero como dice el refrán, el neverwintero (ó neverwintense) tozudo saca cuscurro, el niño no cejó en su empeño hasta que terminó montándose una fiesta de pasteles y tartas con todas sus amiguitas.

Llegados sus doce años, Paco estaba hecho todo un galán, conquistador y geta. Ya llevaba a sus espaldas un número considerable, para su corta edad de balcones escalados, inocentes jovencitas conquistadas y precipitadas huidas con las calzas a media pierna. Además el mozuelo era conocido en las tabernas de todo Neverwinter, incluidas las de más cuestionable reputación, donde las cervezas no iban acompañadas con una mosca dentro de la jara sino con una lagarta detrás de ella.
Sus padres, que aunque no eran muy listos andaban bien de vista se dieron cuenta que su hijo caminaba por una vía adoquinada hacia los planos caóticos, como cantaban unos populares bardos de por aquel entonces que se hacían llamar AC/DV (Arcano/Divino, uno de ellos era especialmente hábil con su laúd mágico). De ésta forma decidieron que su hijo tenía que lograr algo más en la vida que hacer el paripé por las calles de la ciudad. Una mañana como otra cualquiera de las que Paco llegaba a casa después de una noche de parranda, le esperaban sus padres en la puerta con las maletas hechas y un pergamino de ‘inmovilizar persona’ (de esos que llaman ‘para uso por muñecos de entrenamiento’) y lo mandaron en un carruaje ex proceso a una universidad de magia en Aguas Profundas.

Paco estaba algo confuso, los primeros días fueron extraños, al fin o al cabo se trataba de una ciudad nueva, nuevas gentes, una enorme escuela de magia... Pero Paco, lejos de hundirse, y recordando las sabias palabras de su difunto abuelo “al mal tiempo buena jarra”, (o cara, el hombre tenía un defecto en el habla) Y con ese refrán como estandarte volvió a sus andadas de taberna en taberna y balcón en balcón, con nuevas caras, cervezas y mozas. Antes de lo que canta una cocatriz Paco estaba saltando el muro que cercaba la universidad y corría hacia una taberna con su pandereta y laúd a cuestas.
Empezaron a sucederse las noches de juerga y las ausencias a clase, luego terminó el trimestre, y el siguiente, acabó el curso, y el siguiente, y el siguiente y de ésta forma, cerveza en cerveza y curso a curso llegó el treinta cumpleaños de Paco, y seguía en el primer grado de aprendiz. Los profesores no sabían que hacer con el, pero tampoco hizo falta tomar medidas apresuradas, pues un día desapareció, lo único que dejó atrás era una nota en la que podía verse escrito “Me voy a conocer mundo, no me esperen despiertos”.
Viajó lejos, muy lejos. Salió lleno de ilusiones, lugares que visitar y gentes que ver.

Una noche ya cerca de Puerta de Baldur, después de pasar toda el día de caminata, yacía sentado en el duro banco de una posada. Pero no había cansancio que pudiera con él cuando la naturaleza llamaba bajo sus calzas. Se incorporó y estiró el cuello todo lo que pudo, porque... ¡bendita Sune! al otro lado de la posada había visto una larga y ondulada melena, dorada como el sol, al tiempo que se dio cuenta de que entre la frondosa cabellera asomaban dos orejas puntiagudas. Aunque hubiera querido no podía abrir más los ojos, nunca había visto una elfa, es más, ¡nunca había seducido a una elfa! y Paco consideraba que ya era hora de poner fin al desconocimiento de como amaban las elfas. Paco se levantó decidido, y disimuladamente recolocó su paquete, como él sabía ponerlo para aparentar más. Con paso firme comenzó su aproximación esquivando borrachos y mesas hacia la esbelta figura, que enfundada en una sugerente armadura de cuero tachonado permanecía sentada de espaldas. La boca se le iba haciendo agua conforme andaba (si solo hubiera sido la boca...), veía su delicada mano agarrando la jarra cuando la levantaba para beber “no será lo único que levantes esta noche” pensaba calenturiento mientras acortaba la distancia con lo inevitable. No eran más de dos palmos lo que les separaba, Paco punteó algunos enrevesados acordes con su laúd y con la musicalidad que otorga el alcohol y la mala vida entonó algunas palabras -¿Quieres que te ‘toque’ algo?- la elfa se volvió de sopetón.
Durante unos segundos reinó el silencio, el espacio entre ambos se tensaba tanto que parecía hacerse material. Paco había perdido la respiración, no podía hablar después de ver su rostro, sus miradas se clavaban mutuamente, afiladas como puñales.
-Eres... eres.... ¡eres un hombre!
-Un hombre que te va a dar una paliza.- Dijo amenazante el elfo.
-¡Amigo! no me malinterpretes, yo solo te he preguntado si querías escuchar algo de buena música y quizá historias de valerosos héroes.
-El único valor que hay aquí es el de tu estupidez, ¿te me estás insinuando?- Dijo el andrógino varón clavando una ornamentada daga sobre la mesa.
-¡En absoluto! Ja... ja... jaaaa.... ¿que malentendido tan gracioso verdad? ¡Hagamos una cosa!- dejó el laúd en el suelo -¡Te invito a una cerveza!- Paco corrió a la barra, desesperado por salir airoso del aprieto y de paso no ser rajado por un elfo afeminado.
Fueron una, dos, tres cervezas, Paco había escuchado que los elfos no tenían mucho aguante bebiendo, pero este se las bebía como el agua. Cuatro, cinco, seis cervezas, Paco empezaba a ver doble, siete, ocho... el elfo seguía tieso como un pirulí. Paco ya perdió la cuenta de cuantas llevaban -¡Oe amijo elpo!- dijo nuestro vividor protagonista a duras penas, -Pero tu... ¿dojde apredijte a beber ají?- El elfo, algo contento, pero aún conservando algo de serenidad soltó una sonora risotada -Me crié entre los enanos- y le echó otro trago largo a la jarra que llevaba en la mano afirmando lo dicho. -¿Enanoj? nunja he vijto ninjuno. Pero tu, amijo elpo, ¡erej el mejor elpo que he vijto jamáj!- (cabe recordar que era el primer elfo que había visto en su vida) Paco rodeó al elfo con el brazo -¡Erej mi mejor amijo! ¡Brindemoj todoj a la jalú de mi amijo elpo!- Obviamente nadie le hizo caso. Varias jarras después Paco se despertó en una de las habitaciones de la posada con un horroroso dolor de cabeza.
Discutiéndose moralmente si continuar el camino o dejarse morir de asco en aquel catre se acurrucó un poco más entre las ásperas sábanas (¡que suerte una cama con sábanas!), le pareció golpear algo duro con el pié, pero no le dio importancia. Se encontraba muy bien y calentito allí sin nada de que preocuparse, a excepción de la molesta resaca. Llevaba un rato de lado y le empezaban a doler las costillas, era momento para cambiar de postura. Al voltearse boca arriba su mano topó con algo de tacto suave y templado. ¿Una bolsa de agua caliente? Paco no recordaba haber subido una bolsa de agua caliente, a decir verdad no recordaba nada después de la enésima cerveza. “Que agradable dormir con una bolsa de agua caliente” pensó, “no se como no se me ha ocurrido antes”, se acurrucó un poco más, pero empezaba a coger frío. Entonces tuvo la magistral idea de abrazar la bolsa de agua, y al darse la vuelta para aferrarse más a ella se percató de que era anormalmente grande. Palpó entre las sábanas para encontrar algo más calentito y blando, y... ¡con pelo! De un brinco salió de la cama para descubrir en el recién abandonado lecho al elfo de la noche anterior, durmiendo a pierna suelta... ¡y desnudo!. Traumatizado por la duda de que había ocurrido esa noche se aguantó un par de arcadas. Sin pensarlo dos veces, corriendo se enfundó en sus vestimentas, todo lo silencioso que pudo para no despertar al... bueno, al elfo. Una vez asegurado de que llevaba todas sus pertenencias, incluida su daga extraplanar y la cuchara que lo comprobó dos veces, se descolgó por el quicio de la ventana y salió bien ligerito hacia Puerta de Baldur.

Y esto es lo que podemos contar de Paco hasta ahora, y de él podemos decir que aunque su alocada cabeza termina llevándole a las situaciones más insospechadas, tiene buen corazón.


Fránsico - Características del personaje

Información: Fránsico es un personaje creado para jugar en una campaña del juego de rol Dungeons & Dragons 3.5 en Reinos Olvidados. Está escrito en tono de humor, a modo de una pequeña caricatura. Espero que os guste.

Nombre: Fránsico (Paco para los amigos)

Raza: Humano del montón.

Clase: Bardo

Descripción física:

Pelo negro, ojos marrones, unos 30 añazos (y un largo pico), muy delgado, aire desaliñado, ojeras, rodalazos, barba de tres días y aliento a alcohol.

Vestimenta y apariencia general:

Luce una elegante armadura de cuero negro que le cubre escasamente el pecho, muy suave y brillante, consta de tiras del cuero más fino entrelazado entre si diagonalmente. De ésta magnífica obra de artesanía nacen las mangas del jubón, también negras, afaroladas, siendo morado el color que puede verse entre los pliegues. Sobre la coronilla (en la que empieza a escasear tímidamente el pelo) posa una gorra de dos picos o bigornio, con una estrambótica y llamativa pluma, entre las dobleces del inusual cubrecabezas guarda una cuchara. Ceñido a la cintura un calzón ancho y corto al que llaman gregüesco, a juego con el jubón, para ir bien conjuntado, unas calzas ajustadas al muslo y paqueteras que llegan hasta los pies, negras como el resto de la indumentaria. La capa, de un exquisito terciopelo azabache, va terciada al hombro derecho y atada bajo el brazo izquierdo, engalanada con escudos bordados de varias ciudades de Faerûn, y colgado de la misma capa, haciendo patente de las conquistas de éste galán, unas veinte cintas de colores con nombres de jovenzuelas escritos en ellas. Del cinturón de cuero lleva colgando una pandereta, también adornada con cintas de colores. En el otro costado dentro de una raída funda lleva una daga plegable con mango de hueso que lleva el nombre de la misma escrito junto al filo, en un idioma de extraños caracteres que ningún mago ha sabido descifrar. La daga tiene una larga historia puesto que en muchas ocasiones ha estado a punto de perderla a causa de malas apuestas ó a los astutos pícaros que intentan aprovecharse de los borrachos. Cuando se hizo con ella aún siendo un zagal, el mercader que se la vendió, aseguró que se trataba de una daga mágica, aunque hasta la fecha no parece poseer ningún encantamiento, y le juró por la tumba de su difunto padrastro que se la había vendido un mago, que según él, afirmaba haber caído de un portal que conducía a otro plano. El grabado de la hoja reza “Albacete Inox”. Un laúd de doble cuerda, el cual usa un trocito de uña de trol para tocar, es su fiel compañero.


miércoles, 18 de noviembre de 2009

Post Mórtem - Día 6

Éste relato va dividido en varias partes que se corresponden con los días en los que se sucede la historia, serán publicados por separado. Para evitar la lectura equivocada del capítulo se incluyen links directos a cada uno de los capítulos anteriores y posteriores, de forma que la lectura y localización de los mismos sea más sencilla, por igual, el grueso del texto estará oculto bajo la etiqueta “Leer más” para evitar “lecturas equivocadas”. Espero que os guste.


Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5

Post Mórtem - Día 6

Por Ismael Guerrero.

Con la colaboración de Diego Alberto Gimeno en las traducciones a fabla aragonesa.



Me despertaron unos fortísimos golpes en la puerta. Me levanté todo lo rápido que mis entumecidos músculos me permitieron e instintivamente corrí escaleras arriba, dando tumbos, para coger la escopeta de Rebeca. Me podría haber limitado a abrir la puerta y darle una cordial bienvenida al visitante, pero en mi enajenada mente solo podía cavilar que Pepe venía en mi búsqueda para matarme. Quité los cerrojos y comencé a abrir la puerta muy lentamente, escopeta en mano sutilmente oculta detrás de la puerta. Al abrir la puerta el sol me hacía daño en los ojos, la silueta de un hombre robusto con un puro en la boca comenzó a dibujarse a contra luz.

-¡Javier! ¡Joder Javier!

-¿Ernesto?- dije confuso y entrecerrando los ojos -¡Ernesto!

-¡Joder Javier! pero que facha llevas- en efecto los últimos días no me había hecho justicia -¡despeinado y sin afeitar! no te reconozco Javier.- Soltó algunas inocentes carcajadas a mi costa, aproveché para dejar la escopeta disimuladamente detrás de la puerta. El pobre Ernesto aún se estaba riendo cuando lo cogí violentamente del cuello de la camisa y le dije amenazante que íbamos a arreglar mi coche en ese preciso momento, sorprendido reprochó -¿Que pasa Javier no te dan de comer? Que genio maño, encima de que vengo de propio...- Le expliqué que cuando llegáramos a Zaragoza le aclararía todo, pero que no disponíamos de tiempo y no le podía decir por qué. Lo cogí de la americana y lo arrastré camino al coche mientras ponía en entredicho mi cordura, y en efecto no se equivocaba, las críticas experiencias que había vivido los últimos días habían hecho que me saliera de mis cabales.

Llegamos a mi coche, Ernesto había dejado su camioneta en el pequeño prado que precedía al pueblo.

-Ahí lo tienes, venga, arréglalo ya.- Le achuché zarandeándolo de un brazo, Ernesto me miró disgustado y abrió el capó.

-Es la correa de la distribución- explicó -la has quemado.

-¡Tu solo dime si puedes arreglarla, joder!

-Si, si que puedo- dijo claramente malhumorado - y cálmate o te soltaré dos ostias consagradas- añadió antes de ponerse manos a la obra. Mientras tanto yo miraba nerviosos en todas las direcciones, con la molesta y continua sensación de que iba a ser descubierto de un momento a otro, la paranoia se estaba cebando en mi.

-Ya está, arreglado ¿te has tranquilizado ya?

-No hasta que estemos en Zaragoza- increpé -vamos a probar a ver si arranca.

-Arrancará.- Dijo Ernesto seguro de su trabajo. Me senté en el asiento del conductor y busque en mis bolsillos.

-¿Que pasa?- Preguntó Ernesto.

-Joder.- Seguí rebuscando.

-¿Las llaves verdad?

-¡Si joder! ¡las llaves, las putas llaves! ¡me he dejado las llaves!

-Pues tendrás que ir a buscarlas.- Dijo Ernesto con toda la pachorra del mundo, defecto que lo definía muy bien.

-¡Si copón!- le aticé un golpe al salpicadero -Espérame en tu furgoneta.

Estaba de vuelta en casa de Rebeca, deseando con todas mis fuerzas que fuera la última vez. Me acordé de su sensata sugerencia, cuando dijo que buscara otra casa donde alojarme, ojala no le hubiera insistido tanto para quedarme a la difunta vieja. En la cocina no estaban, así que subí al piso de arriba, la atmósfera que se respiraba era descriptible de muchas maneras excepto agradable. Comencé a rebuscar por el que había sido mi temporal dormitorio, mientras empecé a poner todo patas arriba buscando las llaves escuché el motor de una camioneta en la puerta. Estaba demasiado ocupado buscando, lo único que me ataba en aquel infierno era un minúsculo trocico de metal que no encontraba por ninguna parte, “Joder que huevos tiene el Ernesto” pensé “mira que le dije que me esperara junto a la camioneta”. Oí como la puerta se abría de golpe y unos pies de paso firme subían la escalera -Joder Ernesto- grité -te dije que me esperaras coño, eres durico de mollera ¿eh?- Encontré las llaves en el bolsillo de un pantalón -¡Aquí están! ya podemos irnos de este maldito pueblucho dejado de la mano de D....- me di la vuelta para encontrarme a Pepe mirándome confuso desde el pasillo, sin decir nada entró a la habitación de Rebeca.

El corazón se me encogió dentro del pecho, estaba a punto de ser descubierto. De dos zancadas salí al pasillo y de un brinco bajé las escaleras, aterrizando de morros en la planta de abajo -¡Hijo de puta!- gritó Pepe desde la habitación de la difunta, me di cuenta de que si no reaccionaba el siguiente cadáver iba a ser yo. Escupí dos dientes y algo de sangre ya que el batacazo había sido morrocotudo, me agarré a lo primero que pude para levantarme con el impulso y corrí, corrí todo lo que me fue posible calle abajo, esbarizándome en las esquinas, mis mocasines no estaban hechos para esos trotes. Bajé por una callejuela que desembocaba al prado donde estaba Ernesto, que permanecía apoyado en su camioneta dándole caladas al puro, me abalancé sobre él, jadeante, casi echando el corazón por la boca y entre sollozos lo zarandeé gritándole que nos fuéramos, que venían a matarme. Ernesto me interrogó confuso pidiendo explicaciones de las estupideces que le estaba diciendo, asegurando que me había vuelto loco, pero mientras me preguntaba tonterías ví unos metros más allá como Pepe disparaba la escopeta, y la sangre de Ernesto me salpicó por la cara, derrumbándose a mis pies con la mirada vacía e interrogante. Pepe cargó otros dos cartuchos en la escopeta. Arranque a correr como un poseso, cagado de miedo, literalmente, no miré hacia atrás, sentía que en cualquier momento Pepe iba a disparar y hacerme más agujeros que a una rasera.

De un salto subí al coche. Bombeé la gasolina, puse la llave, abrí la válvula del aire, todo ello mientras repetía sin cesar “arranca gabacho bastado”. Escuché el estruendo de la escopeta justo antes de ver como uno de los faros del coche volaba por los aires, desesperadamente pisé el acelerador a fondo pero el coche no se ponía en marcha, justo a tiempo para ver como Pepe me encañonaba decidido a disparar, el final que jamás hubiera imaginado para mis vacaciones.

Observados por las eternas montañas que nos rodeaban pude ver como los huecos cañones de la escopeta formaban dos círculos perfectos, negros como la muerte que me esperaba, alea jacta est pensé, y cerré los ojos aceptando mi final. Pero no fue un disparo lo que escuché sino un golpe seco, seguido de un grito ahogado. Abrí los ojos pensando que había ocurrido un milagro, y me encontré a Dionisio, mi estúpido ángel de la guarda con un pedrusco ensangrentado en la mano, Pepe gemía de dolor en el suelo, agonizante luchando por recuperar la escopeta. Durante unos segundos permanecí paralizado, estupefacto, había vuelto a nacer por una segunda vez, reaccioné, pisé el acelerador mientras giraba el contacto compulsivamente, el coche arrancó. Brinqué el ribazo contrario para dar la vuelta y cuesta abajo aceleré todo lo que pude para alejarme lo antes posible del endemoniado pueblo, escuché otro tiro de escopeta antes de de desaparecer para siempre en la siguiente curva. No sé que ocurrió, solo espero que Dionisio esté bien, no pienso volver para comprobarlo.

Mi vida ha cambiado mucho desde aquellos oscuros días, estar tan cerca de la muerte en varias ocasiones me ha enseñado a valorar más las cosas importantes de la vida. Dejé mis poco honestos negocios, aunque no estaban relacionados con el trafico de cadáveres, Dios me libre, no me sentía nada orgulloso de ellos, porque de limpios tenían tanto como los de Rebeca. Vendí mi Hispano-Suiza y la mansión de Benicassim. Mi esposa... pensó que me había vuelto loco y me abandonó en busca de otro ricachón que le solucionara la vida, yo no he tenido tanta suerte como Rebeca en el matrimonio, que le vamos a hacer. Mis amistades, por quien he escrito éstas líneas, se de buena tinta que me critican a mis espaldas, me llaman loco y comentan en sus reuniones, a las que han dejado de invitarme, que he perdido la razón.

Como broche final añadiré, aclarando todo éste embrollo, que no he hecho públicos éstas memorias para que descansara mi conciencia sino para dejar claro a los que se hacen llamar amigos míos que no saben lo que es la amistad, y en consecuencia no deseo volver a saber más de ellos.

Muchas gracias por su lectura.



~FIN~

martes, 17 de noviembre de 2009

Post Mórtem - Día 5

Éste relato va dividido en varias partes que se corresponden con los días en los que se sucede la historia, serán publicados por separado. Para evitar la lectura equivocada del capítulo se incluyen links directos a cada uno de los capítulos anteriores y posteriores, de forma que la lectura y localización de los mismos sea más sencilla, por igual, el grueso del texto estará oculto bajo la etiqueta “Leer más” para evitar "gambadas". Espero que os guste.



Día 1
Día 2
Día 3
Día 4

Post Mórtem - Día 5

Por Ismael Guerrero.

Con la colaboración de Diego Alberto Gimeno en las traducciones a fabla aragonesa.

Día 5

Desperté en la completa oscuridad, llevaba la cara mojada y lo único que escuchaba era un lejano y constante goteo. El pánico se adueñó de mi por un momento, pero poco después la sensatez se impuso para decirme que balbucear palabras incoherentes no me sacaría de allí. Movido por un instinto muy básico encontré a palpas el farol. Había aceite por el suelo, pero confié que se encendería, y así fue. Antes de nada me encendí un cigarro. Miré mi reloj, se había parado a las cuatro, de manera que no sabía cuanto rato llevaba allí abajo medio muerto.

No tenía la más mínima idea de cual era la dirección correcta, me dejé llevar por el azar para terminar frente a un desconcertante obstáculo, una puerta oscura y antigua. Acerqué el farol para verla más detalladamente. Era muy rudimentaria, la madera estaba querada y la forja que la sujetaba herrumbrosa, una curiosidad insana me hizo empujarla, indudablemente no había sido usada en muchas décadas o quizá siglos, pero con un poco de esfuerzo cedió. Lo que encontré allí, sepultado bajo el peso del olvido, no se puede expresar con palabras, no existen para describir tal horror, parecía que de entre las sombras que el farol creaba, los monstruos de mis más oscuras pesadillas tomaban forma.

No sé como, pero cuando volví a la conciencia de mi persona estaba frente a la puerta del sótano de Rebeca, incapaz de recordar nada justo después de abrir la misteriosa puerta hasta ese mismo momento. Subí, aún confuso y algo aturdido a comprobar que Rebeca seguía donde la había dejado, no se había movido un ápice, como es normal en un cadáver. En la cocina vi que el reloj marcaba las ocho y media, entonces llamaron a la puerta.

Dudé en abrir, pero no hacerlo habría supuesto que alguien, desconocido, sospechara y quizá fuera a buscar ayuda ó indagar donde no le llamaban, así que decidido recibí la visita. Era el cartero. El buen hombre me preguntó por Rebeca y le respondí con la ya desgastada excusa de su enfermedad. Me entregó dos sobres, uno de ellos no tenía remitente y el otro figuraba mi amigo Ernesto, éste último lo abrí el primero. Explicaba que llegaría en menos de una semana, también comentaba que se había cruzado con mi mujer unos días atrás, bromeaba sobre mi galantería y que llevara cuidado no me fuera a encorrer con la escopeta el padre de alguna moza comprometida. Por último me incitaba a disfrutar de mis vacaciones y de la vida en el pueblo... pobre infeliz. Seguidamente abrí el otro sobre, me sorprendí al hacerlo, había mucho dinero dentro, dinero inglés, estaba claro que el negocio era lucrativo, incluso bastante más que el mío.

Me senté frente al hogar, en silencio, como no había abierto las contraventanas yacía pensativo entre la penumbra. Entonces emergió aquel sonido que surcaba lastimero el aire. Un sonido que crispó mis nervios y me produjo úlcera. Aquella amalgama de sonidos graves y armónicos representaba todo de lo que quería huir pero me era imposible, las campanas volvían a tocar a muerto. Comencé a marearme, y de vez en cuando me contraía por culpa de las arcadas. Entre forzosas respiraciones me costaba reconocerme a mí mismo, el que en otro tiempo atrás había sido un hombre ambicioso y diligente se había convertido en un tembloroso amasijo de nervios.

Más calmado respiré hondo y me lavé la cara. No sabía que hacer, solo me limitaba a andar erráticamente de un lado para otro, vacilante y asustadizo, no salí de casa, no comí, no habría la boca en todas aquellas horas, y ni siquiera fumé. No había sido consciente de la que se me había venido encima, hasta ese momento, era bien gorda y yo estaba metido hasta las orejas.

Barajé posibilidades. Pegarme un tiro con la escopeta de Rebeca era una, pero no la más seductora. Esconderme hasta que llegara Ernesto, pero no sabía donde y probablemente me encontrarían tarde o temprano, no me quería ni imaginar lo que me haría si descubrieran el pastel, no debían encontrar a Rebeca.

Pagarle un dineral a un campesino para que me llevara a Huesca o Zaragoza, pero necesitaba más tiempo del que disponía para llevar ese plan a cabo, y en el supuesto caso de rechazarme el rumor se extendería rápidamente por el pueblo, y yo estaría muerto. Tampoco quería dejar mi Hispano-Suiza en un pueblo al que no podría volver nunca jamás. Tenía que esperar a Ernesto, y muy a mi pesar debía aguantar el tipo hasta que mi coche estuviera reparado, pero no sabía cuantos días más tendría que ocultar la mentira.

Me limité a limpiar los restos de la sangre de Rebeca y esperar a que se fuera el sol. Anocheció y a lo lejos escuché una campana, la campana de la ermita del cementerio pensé, del cementerio... seguramente la tañía el propio enterrador... ¿sería una señal? Probablemente lo era para indicar a Rebeca que el fiambre estaba preparado para su transporte. Abrí la puerta que conducía a los negros túneles, respiré hondo y recapacité unos segundos antes de adentrarme hacia el mismísimo Hades. Recordé que en mi primer viaje por él, todas las bifurcaciones que cruzábamos continuábamos por la derecha, y no al revés como me había dicho el cabrón del enterrador. Farol en mano y nudo en estómago comencé mi viaje a lo incierto.

Entre la oscuridad, más de una vez dudé de mi memoria, pero siempre escogí el camino a mi diestra, gracias a ello llegué a mi destino. El falso sarcófago estaba abierto, fuera encontré al enterrador esperándome, preguntó por Rebeca, le expliqué que su estado no había mejorado, que su dolencia le producía serias dificultades para moverse y respirar, además no se encontraba consciente en ese preciso momento. Técnicamente no le mentí.

Bajamos el cadáver, que por motivos logísticos estaba atado a una mugrienta tabla, y costosamente lo trasladamos hasta el sótano de Rebeca. Una vez allí, el enterrador volvió sobre sus pasos para vigilar el cementerio y coger el capazo. En cuanto se cerró la puerta tras él respiré aliviado. Metí el cadáver del pobre viejo en uno de los sacos, me senté a fumar un cigarro la llegada de Pepe. Dos caladas después observé horrorizado como el cadáver del viejo se levantaba sobre la mesa de madera. Grité presa del pánico, el cigarro bailó entre mis dedos y me pegué un quemazo en la pierna, cuando volví a mirar el muerto seguía tumbado como lo había dejado después de enfundarlo en su saco, sufrir alucinaciones era lo último que necesitaba en ese momento. Aguardé la llegada de Pepe sin quitarle ojo al saco, por si acaso. Se escuchó la camioneta y llamaron a la puerta.

-¡Hombre Pepe! ¿que tal quió?

-¿Y Rebeca?

-¡Oh si, Rebeca! Pues sigue enferma maño, y no parece mejorar... pobrecita, que gorda la ha cogido, no se si saldrá de esta...

-Voy a subir a verla.

-¡¡NO!! Déjala hombre, déjala descansar.

-Que voy a subir.- Insistió.

-Que te he dicho que no, ¡coño! ¿tu no escuchas cuando te hablan? Además está dormida, déjala descansar en paz... ¡venga, venga! entra la carne y llévate el muerto que está entufando toda la casa.- En realidad no era el del sótano el que olía.

Para mi sorpresa me hizo caso a la primera y sin rechistar, la destartalada camioneta se perdió de nuevo en la noche. Volví al sótano a esperar la siguiente fase del intercambio. Un rato después, que pareció eterno, apareció el farolillo azul y verde en la lejanía del túnel. Volvimos al cementerio, esa vez no quería quedarme viendo como el detestable enterrador volvía a tapar el hoyo, de manera que torné sobre mis pasos, pero cuando me hallaba frente al falso sarcófago, el miedo nubló mi vista y pude sentir como un instinto de supervivencia muy primitivo me subía desde la boca del estómago. Sin pensar siquiera lo que estaba haciendo, cogí una de las palas del enterrador, que estaban apoyadas dentro de la cripta, me deslicé silenciosamente entre las lápidas como la culebra que acecha a una alimaña del campo, y haciendo gala de una frialdad que rozaba la demencia, con un golpe seco desnuqué al enterrador como a un conejo, utilizando su propia pala. Terminé de enterrar los trozos de carne yo mismo y sin cuestionarme la locura que había llevado a cabo arrastré el cadáver del recién fallecido en dirección a los túneles, cegado por la idea de salir vivo del pueblo a cualquier coste, repitiéndome una y otra vez que había hecho lo correcto, que era él o yo. Tiré el cuerpo escaleras abajo, sonó a huesos rompiéndose con el batacazo. Mientras lo arrastraba túnel alante iba pensando en qué podía hacer con él, entonces me acordé del único lugar donde nadie jamás en su sano juicio lo buscaría. Giré a la derecha en la primera bifurcación, el sagrado sótano de la iglesia iba a ser un lugar idóneo para su descanso eterno.

Volvió a rodar escaleras abajo, “ahí tienes lo que te mereces, cabrón” dije para mis adentros. Dejé el farol frente a la puerta y me encendí un cigarro, fueron dos. No me sentía muy animado a entrar, lo único que recordaba de esa misma mañana era que sentí el verdadero terror tal y como no lo había sentido nunca, y el simple hecho de abrir aquella puerta me producía desasosiego y repulsión a partes iguales, pero el temor a que se descubriera lo que había hecho pesaba más en la balanza, tembloroso crucé el umbral.

En efecto nadie iba a buscar allí y desde luego el panorama cruzaba sobradamente las fronteras del morbo más bizarro y enfermizo que un ser humano pueda imaginar. Dónde quisiera que dirigiera la vista había bastos osarios, esparcidos por el suelo hechos pedazos, potros de tortura, atizadores y antiguos braseros que no dejaban mucho a la imaginación, palos, hachas, calaveras abiertas como tarros de conserva, extraños aparatos que prefiero no imaginar su uso, doncellas de hierro y un escapulario sin fin para el deleite y delicias de los más macabros. Arrojé el muerto a una pila de huesos astillados y me alejé de aquel sacrílego lugar todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitieron. Ya en casa de Rebeca me dejé caer sin pena ni gloria en una esquina de la cocina, me quedé dormido por el agotamiento.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Post Mórtem - Día 4

Disculpas por la demora, estuve falto de tiempo y ganas.

Éste relato va dividido en varias partes que se corresponden con los días en los que se sucede la historia, serán publicados por separado. Para evitar la lectura equivocada del capítulo se incluyen links directos a cada uno de los capítulos anteriores y posteriores, de forma que la lectura y localización de los mismos sea más sencilla, por igual, el grueso del texto estará oculto bajo la etiqueta “Leer más” para evitar spoilers. Espero que os guste.



Día 1
Día 2
Día 3

Post Mórtem - Día 4

Por Ismael Guerrero.

Con la colaboración de Diego Alberto Gimeno en las traducciones a fabla aragonesa.


Día 4

Otra madrugada más y otro desayuno nada que ver con el triste café que acostumbro a tomar en Zaragoza. Rebeca me afirmó que esa misma mañana enterraban a Jacinto, el hijo del herrero, tal y como me había dicho el día anterior. A media mañana las campanas estaban tocando a muerto. Llegó la hora de comer y me recibió una parrillada de costillas asadas. Entrada la tarde dejé a Rebeca en sus labores y marché al bar donde esperaba ver a mi tonto amigo Dionisio y al reservado Tirso, el camarero. Conforme caminaba hacia el bareto rememoré la profecía sobre mi muerte que según Dionisio ocurriría esa misma noche.

Entré al sórdido establecimiento, saludé a Tirso con la mano y me senté al lado de Dionisio. Me dio la bienvenida con un efusivo zarandeo que me descolocó ligeramente.

-Hola Dionisio, parece que te alegras de verme.

-Si ¡si! Javier me'n trata bien.

-Claro, somos amigos ¿no?

Si si! Javier ye a mio amigo, ¡o mio único amigo!- me pareció deprimente, pero tampoco me importaba que el pobre tonto se ilusionara, incluso me hizo sentir bien tener una amistad no nacida del dinero.

-Oye Dionisio, ¿aún crees que voy a morir ésta noche?

-¡Si si! Javier bi'ha morir ista nuei, yo l'he beyido, l'he beyido'n suenios, pero no me fa goyo porque Javier ye amigo de yo.

-Créeme cuando te digo, amigo Dionisio, que a mi me hace incluso menos gracia que a ti ¿sabes a caso como moriré?- Mi indagación comenzaba a alcanzar un morbo enfermizo, pero tenia curiosidad por sus elucubraciones.

-¡Te matarán!- Gritó haciendo dar un brinco tanto a Tirso como a mi.

-Tranquilo Dionisio, ¿como es eso de que me matarán?- Me lo tomaba un poco a guasa, pero siempre quedaba ese pequeño poso de hiel que me hacia darle vueltas a la cabeza.

-Os muertos, os muertos que lebantar se estoi que matarán a Javier.

-¿Los muertos que se levantan? Pero Dionisio, eso carece completamente de sentido.

-No, ¡no! Yo l'he beyido'n suenios, os muertos matarán a Javier...

-¡Bueno! si tu amigo mío lo dices te creeré.- Se lo dije por llevarle la corriente pero a él se le llenaron los ojos de alegría, probablemente yo era el único hasta la fecha que le había hecho caso y decía creerle, sin darme cuenta me había ganado el más fiel aliado que podría haber tenido nunca, aunque fuera tonto perdido.

Esa tarde volví temprano a casa de Rebeca, le saludé y comenté que estaba demasiado cansado, sin tomarme la cena me fui directamente a dormir. Estaba agotado, o eso había creído yo. Pasaba el tiempo, los segundos parecían minutos y los minutos horas. No podía cerrar los ojos, y las irracionales palabras de Dionisio retumbaban una y otra vez dentro de mi cabeza.

¡Un golpe! Me pareció escuchar un golpe en el piso de abajo, imaginaciones mías pensé. Otro golpe más, ese ultimo había sido real, estaba seguro de ello, luego un sonido uniforme, como si arrastraran algo, o se arrastrara alguien... ¡o algo! Me preocupé por Rebeca, aunque también recordé sus historias de fantasmas y los supuestos ruidos que se a veces se escuchaban en la casa. No sabía lo que estaba ocurriendo, hecho que aún atacaba más a mis desgastados nervios. “Eres un hombre” pensé “demuestra que lo eres”, una vez puse mi virilidad en entredicho me armé de valor, cogí la lámpara de aceite y salí al pasillo.

Solo encontré oscuridad y nada más que las sombras que proyectaba la lumbre. Comprobé la habitación de Rebeca, la puerta yacía abierta y ella no estaba, temí por la seguridad de Rebeca, quizá habían entrado a robar y habían desnucado a la pobre mujer. Paré frente las escaleras, no se veía luz abajo, respiré hondo y bajé decidido. En la cocina nada, ni ladrones, ni fantasmas, ni Rebeca, ni muertos que quisieran matarme, pero aunque la casa a primera vista parecía vacía, “por si los muertos” cogí el atizador para blandirlo como improvisada arma. Tuve la idea de que los misteriosos ruidos podían provenir de la calle, ocurrencia que sin saberlo me iba a salvar la vida.

La puerta estaba cerrada, abrí los tres cerrojos y salí atizador en alto, no encontré mas que el silencio de la noche, no había marcas o pistas que pudieran justificar los ruidos que había oído desde la cama y además empezaba a gotear. Volví a entrar, preocupado por la desaparición de Rebeca y sin percatarme que me olvidaba la puerta abierta. ¡Otro golpe! Pero la casa estaba vacía... Quise recordar, como si me lo hubieran susurrado al oído, que Rebeca había nombrado de soslayo algo sobre unos túneles que recorrían el pueblo subterráneamente, aunque no tenía constancia de ello, di por sentado que había una gran probabilidad de que la casa tuviera sótano. Por el rabillo del ojo, vi de casualidad un hilillo de luz en el lateral de la escalera, había encontrado la puerta que conducía a mis miedos. Lo que buscaba estaba escondido en el sótano, de ello no cabía duda, me planté en la puerta que suponía que bajaba a éste. Paralizado, observando cómo una tenue luz se escurría por la rendija de la puertezuela. Probablemente fueron segundos, pero a mi me parecieron siglos. Tras reaccionar levanté el atizador y empujé lentamente la puerta. Comencé a bajar hacia lo que pensaba que era mi profética muerte. Las viciadas escaleras parecían resbaladizas, y el conjunto con la tosca pared de piedra parecía incluso más antiguo que la propia casa.

Temblaba de frío, o de miedo, o quizá de los dos. El corazón me latía con tanta fuerza que pensaba me iba a dar un infarto. Miles de ideas se pasaron por mi seso conforme bajaba, creía que iba a encontrar una jauría de muertos reanimados, como los que cita un tal Lovecraft en sus cuentos, devorando a Rebeca, ó cualquier escena desagradablemente bizarra colmada de sangre y vísceras... nada más bajar el último escalón y ver el panorama, aterrorizado dejé caer el atizador.

Me podría haber encontrado cualquier excentricidad, fantasmas, seres del abismo bailando claquet ó incluso al mismo Primo de Rivera, pero no lo que hallé, una estampa que me aterrorizó incluso más que todos los cadáveres resucitados del mundo. Rebeca, que aunque por medio de una sustancial suma de dinero, me había proporcionado un catre para dormir, prestado la ropa de su difunto marido y alimentado con todo el cariño del mundo como al hijo que nunca tuvo, me estaba encañonando con una escopeta de caza, junto a ella y sobre una antiquísima mesa de tortura yacía el cadáver de un hombre joven.

-Si cuando dije que los de la ciudad estaban locos, tenía razón, ¿quien le manda a usted bajar aquí abajo?- Blanco, boquiabierto y enmudecido no fui capaz de decir nada.

-Pronto llegará Pepe, disfrute de sus últimos momentos de vida, yo no me voy a manchar las manos matándole, no soy un monstruo, esto solo es un negocio.

Conseguí reaccionar -¿Monstruo? un maldito demonio diría yo.- Se rió malévolamente. -¡Dios mío, como pude estar tan ciego!- Grité convencido de lo que decía -¡Usted es la desaparecida mujer del alguacil! ¡Y exhuma éstos cadáveres para sus satánicos rituales de brujería y retrasar su muerte!- Soltó una espontánea carcajada.

-Aún será verdad que está tan loco como para creerse los cuentos de fantasmas, solo los usamos para asustar a los curiosos, exhumo esos cadáveres para venderlos de estraperlo a científicos extranjeros que quieren saltarse las normas morales.- Tenía más lógica que mi deducción.

-¡Y vuelve a enterrar los féretros vacíos!

-No, en absoluto, metemos dentro la carne de vaca que nos sobra.

-Me decepciona Rebeca, me esperaba más de usted...- dije con afán de atacar a su conciencia, pero me acalló metiéndome el cañón de la escopeta en la boca.

Me sujetó por las muñecas con unos grilletes que colgaban de la pared, obviamente no estaban allí para fines decorativos.

-¿Todo esto pertenecía al alguacil de su historia? todas las historias poseen un fondo real.

-Que me sé yo... solo es una leyenda, pero si esto le da miedo es porque no ha visto usted el sótano de la iglesia- soltó una risita de complicidad -locuras de juventud- añadió con cierto aire melancólico.

-Jacinto- dijo mirando al cadáver -vigílalo que no se mueva.- Y volvió a emitir la diablesca risa.

Rebeca comenzó a subir escaleras arriba todo lo rápido que sus rechonchas piernas le permitían. Me acordé de Dionisio, el pobre tonto había tenido razón en que me iban a matar, pero no los muertos sino los individuos que los exhumaban, y también había tenido razón en que se levantaban de nuevo, aunque no por si mismos. Las bisagras de la puerta del sótano me hicieron saber que Rebeca había llegado arriba, entonces ¡zas! Un golpe seco y justo después un tiro de escopeta retumbó en toda la casa. Algo bajó rodando por las escaleras e impactó en la pared frente a ellas. Intenté removerme para ver qué o quién había sido el accidentado, pero era imposible ver nada desde mi perspectiva. Escuché como alguien bajaba las escaleras y poco después el autor apareció por la esquina.

-¡Dionisio! ¡bendito tonto!- Grité desesperado -Rápido quítame éstos grilletes.- El oportuno tontorrón llevaba un astral ensangrentada en la mano –cógele las llaves a Rebeca y quítamelos, ¡venga, venga! tenemos que darnos prisa.- Estimaba que Pepe se presentaría en la puerta de un momento a otro.

-Rebeca ye durmiendo.- Dijo el inocente Dionisio, ignorante de lo que había hecho. Subí corriendo a la habitación de la recién fallecida y cogí unas sábanas. Envolví el cadáver de Rebeca -Si Dionisio, está durmiendo, ahora ayúdame a subirla a su habitación para que descanse mejor.- Dionisio asintió sumiso.

-Agora Javier no morirá pas.- contestó sonriente y satisfecho de su hazaña. La tiramos encima de la cama, cogí la cabeza de Dionisio y la puse frente a la mía.

-Escúchame atentamente Dionisio, eres mi mejor amigo- soltó una infantil risotada -ahora vuelve a tu casa- le cogí el astral de la mano -no le digas a nadie, nunca, lo que ha pasado aquí ésta noche, ni lo que has visto en el sótano ¿has entendido?- asintió rápidamente -Pues venga ¡corre!

El tonto al que le debía la vida salió corriendo a todo trapo. Dejé astral y escopeta en la habitación de Rebeca antes de cerrar la puerta, escuché el motor de la camioneta frente a la casa. Bajé corriendo mientras sonaba la aldaba.

-¡Hombre Pepe! te estaba esperando- me miró desconcertado -pero pasa dentro quió, que fuera hace y frío y además tenemos trabajo- desconfiado entró.

-¿Dónde está Rebeca?- preguntó malhumorado.

-¿Rebeca? está... enferma, ha enfermado ésta tarde y está guardando cama.

-¿Enferma? tengo que verla.

-¡No! no- me interpuse -Necesita descanso, molestarla solo la empeorará, me... me ha dejado al cargo de... del negocio, del negocio, ya sabes... ¿me sigues?

-Del muerto.- Dijo sin rodeos.

-Si, eso, del muerto, me ha cargado con el muerto...- esperé su reacción al juego de palabras pero se limitó a mirarme inmóvil, produciéndose un incómodo silencio.

-Voy pues- dijo secamente y se dio la vuelta hacia la puerta.

Volvió a entrar cargando con varias piezas de carne. Era un hombre fornido y podía con ellas sin problemas. Le abrí la puerta del sótano y bajamos. Gracias al cielo no vio el charco de sangre que escurría por la escalera.

-No has preparado al muerto- afirmó mientras dejaba su cargamento en el suelo.

-¿No? ¡no! cierto, Rebeca no me ha explicado en su totalidad cuales eran los procedimientos adecuados previos al transporte de la mercancía, así que... no tengo ni puta idea de que hacer.- Me miró con el ceño fruncido, pensaba que se había destapado la milonga, pero señaló a un rincón.

-Coge uno de esos sacos y mételo dentro.

-¿No pretenderás que... que lo toque?

-Joder...

-Vale... vale, venga ya voy.

Hice de tripas corazón y con cierta expresión de asco comencé a enfundar el fiambre en uno de los sacos como a una longaniza, me reservaré los detalles ya que no es agradable manipular un cadáver al que la cabeza le cuelga escasamente de un hilo. Pepe empezaba a desesperarse y me dio un empujón.

-Venga joder, que no lo vas a matar.

-Pepe, ten cuidado coño- repliqué ceñudo -el destinatario lo querrá en el mejor estado posible... y no querrás que le diga a Rebeca lo descuidado que eres en tu trabajo, ¿verdad?- añadí sonriéndole. Me miró serio y me dejó continuar a mi marcha. Quizá yo no supiera como funcionaba el negocio del contrabando de cadáveres, pero si como encauzar a un trabajador descarriado.

Pepe marchó escaleras arriba con el saco al hombro, esperé a escuchar la puerta de la calle cerrándose. Recordé las palabras de Rebeca cuando dijo poco antes de morir que volvían a enterrar las piezas de carne bobina, así que me senté a esperar el siguiente intercambio. También recordé lo que dijo sobre los túneles que recorrían el pueblo por debajo y la roñosa puerta que tenía delante me lo corroboró. Me pregunté si sería yo quien tendría que devolver la carne al cementerio, en tal caso sería imposible. Abrí el pesado portón para comprobar si había alguna guía de luces o algo similar que indicara el camino, pero la oscuridad era total, y yo no me iba a adentrar en lo que podía ser el laberinto a mi muerte, sin alas de cera que me salvaran. Pero no iba a hacer falta, ya que no tardó en aparecer a lo lejos una lucecilla. La caprichosa luz se acercaba lentamente y parecía flotar en la nada. Nadie parecía sujetarla. En ocasiones era verdosa, en otras azulada, perplejo recordé el fuego fatuo del cementerio, observé como se acercaba irremediablemente. Pero poco tardó en desvelarse el misterio, y de entre la oscuridad apareció el desagradable enterrador, con un capazo grande en una mano y un palo largo en la otra del que colgaba tintineante la lámpara de cristales verdes y azules.

-¡Tú!- Gritó.

-¡Yo!- Exclamé.

-¿¡Que collones fas tú aquí!?- Dijo amenazante.

-Baja la voz joder- increpé tajante -Rebeca ha enfermado y estoy encargado del intercambio.- Me miraba iracundo, viendo amenazado su ilegal negocio.

-Rebeca me dijo que no eras de fiar.- Reprochó.

-¿A, si?- me incorporé -Pues que curioso porque Rebeca me ha dicho precisamente que te vigilara bien, algún motivo tendrá para fiarse más de un desconocido que de ti.- Pareció que iba a decir algo, pero se resignó.

-Tenemos que llevar la carne al cementerio si mal no me equivoco- asintió a mi afirmación -ves cargándola pues, iré a por mi farol.- Cuando volví cogimos el capazo entre los dos y nos adentramos en los antiguos túneles.

El farolillo que asemejaba un fuego fatuo alumbraba hacia adelante, el mío el túnel que dejábamos atrás. El enterrador andaba tranquilo y con seguridad, yo con el culo bien prieto. El túnel parecía no terminar nunca, en su mayor parte era recto aunque pude notar que en ocasiones giraba ligeramente y tornaba cuesta abajo. Pasamos una bifurcación, volví a recordar la historia de Rebeca sobre el cura, el alguacil y los supuestos túneles que conectaban subterráneamente el pueblo, y barajé la posibilidad de que su fantástica historia tuviera una base real. El túnel empezó a tornar en gruta y bajo nuestros pies nacían charcos de agua sucia.

-Hemos llegado- dijo soltando el capazo y subiendo por unas escaleritas de piedra, abrió lo que parecía una pesada trampilla. Tiró una cuerda con gancho y me dio instrucciones para enganchar el capazo. Cuando lo conseguimos sacar fuera asomé por la apertura. La salida del mundo subterráneo era un enorme sarcófago de piedra, el que escuché aquella noche en la que vi el falso fuego fatuo.

Acercamos el capazo hasta el mismo nicho donde esperaba el féretro vacío, tiró la carne dentro y se puso a tapar la fosa. Yo cansado de la andada y de cargar con el sucedáneo de cadáver me apoyé en una lápida.

-Vaya, menudo teatro tenéis montado aquí.- No contestó.- ¿A quien le enviáis los muertos?-

-Eso es trabajo de Rebeca, yo solo me preocupo de que me pague.

-¿No te dice a quien le envía la mercancía? simplemente... ¿trabajas a ciegas?

-No,- hizo una pausa -para eso tengo el farol, para ver.

-No me has entendido... bueno, déjalo.- Seguía cavando fervientemente.

-Y cuánto tiempo lleváis haciendo esto?

-Si no t’ha dicho Rebeca no t’interesa.- Me quedó claro que de él no sacaría nada.

-¡Vaya! eres más espabiladico de lo que pareces.- Le dije entre risas.

Paró de cavar y escupió al suelo -Pu’es marcharte ya si quieres, no necesito tu ayuda, ve pegado a la pared de la derecha y llegarás bien.

-Gracias.- Dije amablemente.

-Así te pierdas.- Dijo con desprecio y continuó trabajando.

Volví por el túnel, ésta vez cuesta arriba pero sin el peso del capazo, iba tocando la basta pared de mi derecha con las yemas de los dedos. Me pareció pasar por la bifurcación que había visto a la ida, pero con el precario farol alcanzaba a ver poco más que mis propios pies. No veía la luz del sótano de la difunta Rebeca, y me preocupé por que alguien la hubiera apagado, con el consecuente riesgo de haber descubierto su cadáver. Encenegado en mi propia paranoia y avanzando casi a zancadas, no me di cuenta que el camino no era por el que había ido y uno de mis pies pisó en falso. Solo recuerdo que rodé escaleras abajo y del batacazo quedé inconsciente.

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Día 5