domingo, 28 de febrero de 2010

Fránsico - De su niñez y andanzas.

Fránsico - De su niñez y andanzas.

La mejor forma de contar la vida de un bardo es en prosa. Bastante tenemos ya que aguantar sus estridentes notas de laúd y las forzadas rimas que expresan todo menos naturalidad. Hoy hablaremos de la irregular trayectoria de Fránsico, ó Paco para amigos, conocidos y todo aquel que desee tomarse confianzas.


Fránsico, bueno, Paco era natal de la vetusta ciudad de Neverwinter, al norte de la Costa de la Espada. Sus padres eran dos mercaderes dedicados a la empresa de la fabricación y venta de plumas mágicas para escribir, más comúnmente conocidas como blumígrafos. Como al parecer el negocio de los blumígrafos no era lo suficientemente rentable, (avisados estaban de que los magos son muy conservadores a lo que a éstos temas se refiere) decidieron ampliar su negocio al campo de la conservación de productos alimenticios. Pusieron en marcha una sofisticada estrategia comercial, junto con cada ración de carne seca, obsequiaban un blumígrafo. Desgraciadamente la mayoría de clientes que compraban sus mercancías ni siquiera sabían leer ó escribir, siendo el destino de la mayoría de éstos aparatos para la escritura yacer en el fondo de algún cajón. Como la carnicería les fue bastante mejor decidieron concebir un hijo, y tras los esfuerzos que esto conlleva Paco llegó a Faerûn.

Daremos un pequeño salto en la vida de Paco, sabido es que en los primeros años de vida el único interés de la persona es tetar y dormir (aunque en el caso de Paco se puede decir que después de tres décadas poco ha cambiado). A la tierna edad de siete años, las artes sociales de Paco comenzaban a despuntar. No era raro verlo corretear por el mercado rodeado de un grupo de niñas. Los demás chavales, (quizá por envidia quién sabe) lo tachaban de rarito, nada más lejos de la realidad puesto que las traía a todas locas. Pero no solo de halagos vive el hombre y las laminerías no se pagan con cuatro palabritas bien dichas, por muy mono que fuera el niño. El hambre hace la necesidad, aunque en éste caso se trate de gula, y el chaval se las ingenió para hacerse con unos cuantos cobres que pagaran sus dulces deseos. Zorro como el sólo se fabricó un rudimentario instrumento de cuerda capaz de reproducir cuatro notas, afinado a oído. Observaba el tránsito del mercado, para saber cuales eran las esquinas donde pasaba más cantidad de gente. Tras encontrar el lugar idóneo, se plantaba en el a tocar musiquilla y hacer monerías a los caminantes que pasaban. En la mayoría de ocasiones era apartado a empujones por transeúntes que no querían saber nada de mendicidad, pero como dice el refrán, el neverwintero (ó neverwintense) tozudo saca cuscurro, el niño no cejó en su empeño hasta que terminó montándose una fiesta de pasteles y tartas con todas sus amiguitas.

Llegados sus doce años, Paco estaba hecho todo un galán, conquistador y geta. Ya llevaba a sus espaldas un número considerable, para su corta edad de balcones escalados, inocentes jovencitas conquistadas y precipitadas huidas con las calzas a media pierna. Además el mozuelo era conocido en las tabernas de todo Neverwinter, incluidas las de más cuestionable reputación, donde las cervezas no iban acompañadas con una mosca dentro de la jara sino con una lagarta detrás de ella.
Sus padres, que aunque no eran muy listos andaban bien de vista se dieron cuenta que su hijo caminaba por una vía adoquinada hacia los planos caóticos, como cantaban unos populares bardos de por aquel entonces que se hacían llamar AC/DV (Arcano/Divino, uno de ellos era especialmente hábil con su laúd mágico). De ésta forma decidieron que su hijo tenía que lograr algo más en la vida que hacer el paripé por las calles de la ciudad. Una mañana como otra cualquiera de las que Paco llegaba a casa después de una noche de parranda, le esperaban sus padres en la puerta con las maletas hechas y un pergamino de ‘inmovilizar persona’ (de esos que llaman ‘para uso por muñecos de entrenamiento’) y lo mandaron en un carruaje ex proceso a una universidad de magia en Aguas Profundas.

Paco estaba algo confuso, los primeros días fueron extraños, al fin o al cabo se trataba de una ciudad nueva, nuevas gentes, una enorme escuela de magia... Pero Paco, lejos de hundirse, y recordando las sabias palabras de su difunto abuelo “al mal tiempo buena jarra”, (o cara, el hombre tenía un defecto en el habla) Y con ese refrán como estandarte volvió a sus andadas de taberna en taberna y balcón en balcón, con nuevas caras, cervezas y mozas. Antes de lo que canta una cocatriz Paco estaba saltando el muro que cercaba la universidad y corría hacia una taberna con su pandereta y laúd a cuestas.
Empezaron a sucederse las noches de juerga y las ausencias a clase, luego terminó el trimestre, y el siguiente, acabó el curso, y el siguiente, y el siguiente y de ésta forma, cerveza en cerveza y curso a curso llegó el treinta cumpleaños de Paco, y seguía en el primer grado de aprendiz. Los profesores no sabían que hacer con el, pero tampoco hizo falta tomar medidas apresuradas, pues un día desapareció, lo único que dejó atrás era una nota en la que podía verse escrito “Me voy a conocer mundo, no me esperen despiertos”.
Viajó lejos, muy lejos. Salió lleno de ilusiones, lugares que visitar y gentes que ver.

Una noche ya cerca de Puerta de Baldur, después de pasar toda el día de caminata, yacía sentado en el duro banco de una posada. Pero no había cansancio que pudiera con él cuando la naturaleza llamaba bajo sus calzas. Se incorporó y estiró el cuello todo lo que pudo, porque... ¡bendita Sune! al otro lado de la posada había visto una larga y ondulada melena, dorada como el sol, al tiempo que se dio cuenta de que entre la frondosa cabellera asomaban dos orejas puntiagudas. Aunque hubiera querido no podía abrir más los ojos, nunca había visto una elfa, es más, ¡nunca había seducido a una elfa! y Paco consideraba que ya era hora de poner fin al desconocimiento de como amaban las elfas. Paco se levantó decidido, y disimuladamente recolocó su paquete, como él sabía ponerlo para aparentar más. Con paso firme comenzó su aproximación esquivando borrachos y mesas hacia la esbelta figura, que enfundada en una sugerente armadura de cuero tachonado permanecía sentada de espaldas. La boca se le iba haciendo agua conforme andaba (si solo hubiera sido la boca...), veía su delicada mano agarrando la jarra cuando la levantaba para beber “no será lo único que levantes esta noche” pensaba calenturiento mientras acortaba la distancia con lo inevitable. No eran más de dos palmos lo que les separaba, Paco punteó algunos enrevesados acordes con su laúd y con la musicalidad que otorga el alcohol y la mala vida entonó algunas palabras -¿Quieres que te ‘toque’ algo?- la elfa se volvió de sopetón.
Durante unos segundos reinó el silencio, el espacio entre ambos se tensaba tanto que parecía hacerse material. Paco había perdido la respiración, no podía hablar después de ver su rostro, sus miradas se clavaban mutuamente, afiladas como puñales.
-Eres... eres.... ¡eres un hombre!
-Un hombre que te va a dar una paliza.- Dijo amenazante el elfo.
-¡Amigo! no me malinterpretes, yo solo te he preguntado si querías escuchar algo de buena música y quizá historias de valerosos héroes.
-El único valor que hay aquí es el de tu estupidez, ¿te me estás insinuando?- Dijo el andrógino varón clavando una ornamentada daga sobre la mesa.
-¡En absoluto! Ja... ja... jaaaa.... ¿que malentendido tan gracioso verdad? ¡Hagamos una cosa!- dejó el laúd en el suelo -¡Te invito a una cerveza!- Paco corrió a la barra, desesperado por salir airoso del aprieto y de paso no ser rajado por un elfo afeminado.
Fueron una, dos, tres cervezas, Paco había escuchado que los elfos no tenían mucho aguante bebiendo, pero este se las bebía como el agua. Cuatro, cinco, seis cervezas, Paco empezaba a ver doble, siete, ocho... el elfo seguía tieso como un pirulí. Paco ya perdió la cuenta de cuantas llevaban -¡Oe amijo elpo!- dijo nuestro vividor protagonista a duras penas, -Pero tu... ¿dojde apredijte a beber ají?- El elfo, algo contento, pero aún conservando algo de serenidad soltó una sonora risotada -Me crié entre los enanos- y le echó otro trago largo a la jarra que llevaba en la mano afirmando lo dicho. -¿Enanoj? nunja he vijto ninjuno. Pero tu, amijo elpo, ¡erej el mejor elpo que he vijto jamáj!- (cabe recordar que era el primer elfo que había visto en su vida) Paco rodeó al elfo con el brazo -¡Erej mi mejor amijo! ¡Brindemoj todoj a la jalú de mi amijo elpo!- Obviamente nadie le hizo caso. Varias jarras después Paco se despertó en una de las habitaciones de la posada con un horroroso dolor de cabeza.
Discutiéndose moralmente si continuar el camino o dejarse morir de asco en aquel catre se acurrucó un poco más entre las ásperas sábanas (¡que suerte una cama con sábanas!), le pareció golpear algo duro con el pié, pero no le dio importancia. Se encontraba muy bien y calentito allí sin nada de que preocuparse, a excepción de la molesta resaca. Llevaba un rato de lado y le empezaban a doler las costillas, era momento para cambiar de postura. Al voltearse boca arriba su mano topó con algo de tacto suave y templado. ¿Una bolsa de agua caliente? Paco no recordaba haber subido una bolsa de agua caliente, a decir verdad no recordaba nada después de la enésima cerveza. “Que agradable dormir con una bolsa de agua caliente” pensó, “no se como no se me ha ocurrido antes”, se acurrucó un poco más, pero empezaba a coger frío. Entonces tuvo la magistral idea de abrazar la bolsa de agua, y al darse la vuelta para aferrarse más a ella se percató de que era anormalmente grande. Palpó entre las sábanas para encontrar algo más calentito y blando, y... ¡con pelo! De un brinco salió de la cama para descubrir en el recién abandonado lecho al elfo de la noche anterior, durmiendo a pierna suelta... ¡y desnudo!. Traumatizado por la duda de que había ocurrido esa noche se aguantó un par de arcadas. Sin pensarlo dos veces, corriendo se enfundó en sus vestimentas, todo lo silencioso que pudo para no despertar al... bueno, al elfo. Una vez asegurado de que llevaba todas sus pertenencias, incluida su daga extraplanar y la cuchara que lo comprobó dos veces, se descolgó por el quicio de la ventana y salió bien ligerito hacia Puerta de Baldur.

Y esto es lo que podemos contar de Paco hasta ahora, y de él podemos decir que aunque su alocada cabeza termina llevándole a las situaciones más insospechadas, tiene buen corazón.


3 comentarios:

Violeta dijo...

Jejeje, se le acaba cogiendo cariño a Paquito :-)
Me encanta esta historia, tiene puntos humorísticos muy muy buenos! Enhorabuena, de verdad, me parece genial la historia de Fránsico ;-)
Keep up the good work!!!

I. Guerrero dijo...

Me alegra mucho que te haya gustado :)

Sai dijo...

Juaz, lo que me he podido reir con "la elfa".
Claro que... según se mire... Paco ha conseguido su propósito: esa noche ha dormido acompañado.

Aunque... haría falta ver quién ha hecho compañía a quién. xD

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