lunes, 17 de agosto de 2009

In Extremis

Inauguramos el blog con un relato de “terror” convencional...


In Extremis

Cerró la tapa de ataúd, cansado del esfuerzo se apoyó sobre el recipiente funerario, no volverá a ocurrir, estaba seguro de ello, había seguido todos los pasos como le habían sido dichos, tomaba aliento mientras deseaba con todas sus fuerzas no repetir la horrorosa odisea por la que había pasado durante todo ese tiempo, si el maloliente anciano le hubiera explicado detenidamente lo que se le venía encima, probablemente hubiera preferido acarrear con las consecuencias de tan desafortunada visita o quizá perecer en el intento, después de varias semanas de raptos, sacrificios, exhumaciones, rituales sacrílegos en luna llena, continuas profanaciones, herejías de lo más extravagantes, más raptos y sacrificios, etc... estaba destrozado, total y absolutamente jodido, incapaz de nada que no fuera deslizarse torpemente para salir del mohoso mausoleo, olvidar y dejar atrás para siempre todo aquel desquiciante embrollo.

Creyó escuchar un golpe a sus espaldas, incrédulo se volvió para comprobar que el ataúd pertenecía inmóvil en la misma posición que lo había dejado, se aseguro de que todo estaba como debería estar; había dibujado correctamente con lacre rojo el símbolo de los doce cuernos, la tapa estaba sellada con cera de una vela previamente ritualizada y el clavo de oro seguía clavado en la dura tapa, era imposible que volviera, imposible, se tiró de los pelos y se dio varios cabezazos contra la húmeda pared, pero ya era incapaz de sentir más dolor, y no quería pasar por un infierno de alucinaciones y locura. Repasó mentalmente todo el plan, no cabía posibilidad de error, excepto si la virgen no era tan virgen como ella había afirmado, aunque ya era demasiado tarde para asegurarse, sin haber marcha atrás posible solo quedaba encomendarse a la esperanza de que lo hubiera sido, pues esa mentira inocente podría haber arruinado todo el proceso, pero todo había salido demasiado bien como para poner en duda la castidad de la chica, cada vez que bajaba los párpados seguía viendo sus ojos de cordero degollado antes de degollarla de verdad, y aunque cuando llevó a cabo su sacrificio ya había sobrepasado con creces el punto sin retorno, seguía siendo humano y la mirada de la pobre muchacha fue la daga que terminó de atravesar su corazón.

Otro golpe más, se volvió asustado, alucinaciones, pensó, tenía que ser alucinaciones, maldición, pensó, todo el torrente de acontecimientos había minado su cordura y sus agotados sentidos, claramente alterados, no eran ya de fiar. Se preguntaba si realmente era merecedor de todo lo que le había sucedido, jamás volvería a ser el mismo y era perfectamente consciente de ello.

A duras penas consiguió cerrar la pesada puerta de forja, las oxidadas bisagras se estremecieron, gritaban culpándolo por lo que había hecho. Miró las descascarilladas baldosas de piedra que se extendían hasta el paseo principal del cementerio, el chirrido de los pequeños guijarros al arrastrar de su paso se clavaba penetrante en los doloridos tímpanos, suaves hilos de seda, tejidos por laboriosas arañas, le acariciaban con dulzura la cara, había elegido esa cripta, y no otra, por que hacía años que nadie la visitaba, abandonada a su suerte, olvidada en el rincón más oscuro del cementerio, donde ni los niños, ajenos a los prejuicios y supersticiones de los adultos, intentaban aventurarse a sus cercanías.

El estrecho andador parecía hacerse infinito, una suave brisa mecía las secas hierbas que plagaban hasta el más minúsculo recoveco de tierra y las mortecinas hojas de los ancianos árboles chocaban las unas con las otras en una aparente batalla sin fin. Tan solo quedaban unos escasos metros para la deteriorada calzada principal de la necrópolis, el cielo se abría despejado y majestuoso ante el, cientos de miles de luminosos testigos vigilaban inmóviles sus movimientos, hasta la última entrecortada respiración, y la luna, mirando con su habitual desdén, proyectaba largas sombras de cruces y desgastados angelotes. El viento arreciaba, gimiendo entre grietas y enmarañados laberintos de piedra tallada, el cada vez más lejano bullicio de la campal batalla entre clorofílicos guerreros se fundía con el creciente lamento que producía el recuerdo de los muertos.

Creyó escuchar gruñidos entre las lápidas, grotescos gruñidos sedientos de sangre, animales peleando pensó, pero sintió como la esquiva sombra se deslizaba entre los antiguos nichos, siniestra, amenazante, mortal.

Aceleró su paso todo lo que pudo, por su cabeza pasaban miles de imágenes formando bestias mitológicas, alas, garras, dientes y colmillos, cuernos, era la incertidumbre lo que le mataba, la sombra que lo enloquecía y rondaba como el depredador que era.

Paró en seco su precipitada huida, ya no sabía a donde iba ni de que huía, solo tenía segura la sensación que desde dentro le empujaba el pecho como si fuera a estallar, le subía por el cuello hasta los ojos que movía y agitaba sin control, y hacía castañear su mandíbula desproporcionadamente, sus piernas temblaban como las de una marioneta que le han cortado los hilos, y su esfínter comenzaba a perder la integridad.

Se agarró a la cruz más cercana, la gabardina, ondulante al viento lo fundía con el inamovible trozo de piedra, se aferró a ella todo lo que pudo, tocaba su textura, la rozó con los labios, fría piedra como la piel de los muertos, el hedor de la tumba inundó sus fosas nasales, la tierra removida, cada vez se agarraba con más fuerza a la enorme cruz, en mal momento se le ocurrió leer la inscripción, pues con gran horror comprobó que era su nombre, la ira tomó forma en su mirada y con una desproporcionada rabia golpeaba incesantemente la dura piedra mientras gritaba incoherencias.

Vencido por el agotamiento se derrumbó súbitamente, y agazapado comenzó a darse pequeños golpecitos en la cabeza con los nudillos de sus ensangrentadas manos repitiéndose una y otra vez lo imposible que era lo que le estaba sucediendo.

Algo se mueve entre las tumbas, pensó, algo macabro y profano, añadió, estiró el cuello para intentar otear que lo acechaba entre sombras, miraba nervioso hacia todos los lados, sin tener la más mínima idea de que buscaba. Se levantó a duras penas, ayudado por la imponente cruz de piedra. Tengo que salir de aquí, pensó mientras vigilaba los huecos entre lápidas. Se encontraba en el centro del cementerio, el punto más alejado de cualquiera de las cuatro salidas del antiguo camposanto.

Volvió a escuchar el movimiento que tanto temía; se dio la vuelta sobresaltado para descubrir horrorizado dos ojos en la oscuridad, redondos y rojos, inmóviles, no pestañeaban, solamente le vigilaban impasibles. Quedó paralizado por el tremendo pavor que sentía en su interior, no podía mover músculo alguno, por mucho que deseara huir, parecía hipnotizado por los ojos perfectamente circulares como claraboyas y rojos como la misma sangre que deseaban ansiosamente. Entre las tinieblas comenzó a definirse una hilera de numerosos y afilados dientes, babeantes y supurantes de algún tipo de líquido amarillento, repulsivo y detestable, el arrugado morro de la bestia se dejó iluminar por la enorme luna llena, tenía pequeñas protuberancias óseas que destacaban ligeramente sobre la diablesca negrura de la piel del animal.

Intentó gritar, pero la voz no salió, la bestia avanzó hacia el, amenazante olisqueaba el aire, su cuerpo parecía difuso a los ojos del pobre miserable, cansados y vidriosos, les era imposible encontrarle una forma conocida, pero lo que sí veía claro era que de sus cuatro retorcidas patas nacían unas afiladas garras como cuchillas que rechinaban al entrar en contacto con las losas del suelo. La criatura produjo una especie de sonido gutural para terminar de helar la sangre de su presa.

Se orinó encima, todos los músculos de su cuerpo, sin excepción alguna, temblaban, le dolía la garganta de angustia, como si le hubieran clavado en ella un puñal. Fue cuestión de segundos, la repulsiva bestia se abalanzó sobre el, hincándole dientes y garras en el cuerpo, la sangre saltó por todos los lados, sentía como lo iba despedazando, el dolor más atroz que un ser humano pueda imaginar se extendía hasta la última terminación nerviosa de su cuerpo, notó como sus tripas se desparramaban por el suelo, su cuello sangraba, la bestia le cavaba las garras en el pecho e intentaba arrancarle las extremidades a mordiscos.

Ya no sentía dolor, solamente morir, entonces abrió los ojos por una última vez, pero para su asombro la maligna criatura no estaba, y para mayor escarnio se sorprendió a si mismo mordisqueándose el brazo, se había arrancado trozos de la gabardina y la camisa con sus propias manos, en las que conservaba los jirones de las prendas. Se levantó confuso del suelo, instintivamente se palpó el cuerpo para comprobar que, efectivamente, estaba de una pieza. Rompió en un desesperado llanto mientras se golpeaba bruscamente en el pecho, al borde de la locura.

Comenzó a amanecer, las alargadas sombras de las lápidas se dibujaban al negativo de la tenue luz matinal, después de tan larga noche el sol de la mañana comenzó a calentar su fría piel. La claridad del día disipó todos los miedos, todas las sombras que la noche creaba con sus siniestras pinceladas, ya no había lugar para el terror, la locura, el desánimo, la duda... yacía ahorcado de la enorme cruz de piedra.

1 comentarios:

Daan dijo...

Un relato escatológico donde los haya. Por supuesto, en la acepción de "relativo a asuntos de ultratumba" y no a los esfínteres perdiendo integridad :P

Mis felicitaciones por el proyecto. Más, más... :D

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