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martes, 17 de enero de 2012

Fránsico - Anécdotas #3


Continuación de Encuentros del camino I 


ENCUENTROS DEL CAMINO II


-Fránsico.- La voz retumbó sorda en las paredes de la choza. El bardo, que yacía tumbado en el catre después de la brutal, o mejor dicho orca, juerga de la noche anterior, procuraba con todas sus fuerzas asemejarse a una especie de masa, picadillo o tortilla de muchos huevos balbuceante.
-Fránsico despierta de una vez, tenemos que hablar.- Tenemos que hablar. Es la frase mágica que hace levantarse a un hombre de golpe y que sus testículos reboten contra el encéfalo. Más efectivo que un hechizo de resurrección.
-¡Qué...? ¿Que pasa?
-Tenemos que hablar.- Repitió Mariam. Fránsico quedó unos segundos observando el infinito, con esa mirada que pone un cordero a punto de ser sacrificado a un dios arcáico y contingente de gustos pomposamente sangrientos, desagradables en lo relativo a la casquería y del que el pobre animal no ha oído hablar(1) en su vida. Encontes recordó quien era y que hasta hacía un par de meses no había sido hombre de una sola mujer (aunque se podría argumentar perfectamente si Mariam era una mujer o no), se derrumbó de nuevo en la cama teniendo la certeza de que todo volvería a la normalidad después de tanto tiempo. Para un bardo que vive en el filo, llevando caros caballos al límite de sus fuerzas por caminos de mala muerte, que se juega todas sus pertenencias y las que no son suyas a una sola carta sabiendo que no puede ganar y termina saliéndose con la suya, que toda las noches deja prendadas al menos a cinco o seis castas señoritas, que juega con la muerte a cada minuto, burla a tenebrosos hechiceros malvados, engaña a magos arrogantes, escapa de los golpes mortales de hábiles bandoleros en caminos oscuros y un largo etcétera, dos meses es mucho tiempo en reposo. Para Fránsico que nada tenía que ver con la descripción anterior, también. Pero el recuerdo de quien era vino acompañado de otro más, el por qué había permanecido junto a aquel orco hembra todo ese tiempo. La relación había sido una mezcla entre miedo y atracción: Más le valía a Fránsico sentirse atraído por Mariam si no quería que ésta de arrancara la cabeza de cuajo. Había sido sin duda, el secuestro más extraño y erótico de todo Faerûn, cuando extraño significa desconcertante y erótico desagradable, dando nombre al síndrome de Fránsico, en el que el capturado no desarrolla un vínculo con el secuestrador sino que ocurre lo contrario y la víctima se ve obligada a corresponder si no quiere ser descuartizado al más puro estilo orco. Moda que se fue extendiendo en todas las tribus de orcos a partir de entonces.
Fránsico volvió a levantarse de golpe, esta vez enredándose en un atrapasueños decorado con dientes presumiblemente humanos. Había aprendido en aquel tiempo que Mariam era posesiva, le gustaba que le prestaran atención cuando hablaba, o al menos que lo pareciera, se ponía histérica por menos de nada y en ocasiones hacía preguntas que no tenían respuesta correcta posible. Fránsico suponía que todo aquello era producido por algún tipo de conducta social tradicional de las tribus de orcos. Nada tenía que ver con las mujeres que él había conocido hasta entonces: las que frecuentan tabernas o las que se van con el primer fracasado que encuentran con tal de darle un buen disgusto a sus padres.
Por las razones antes nombradas, Fránsico escuchó todo lo que Mariam tenía que decirle y le permitió la resaca.
-Han sido dos meses estupendo, amor mío, pero...
-...Pero...- Aventuró Fránsico esforzándose con todo su cuerpo, corazón, alma y ganas en parecer profundamente apenado.
-...Pero este cuento de hadas tiene que llegar a su fin, los guerreros de la tribu empiezan a hacer preguntas incómodas.
-Perdona.- Dijo el bardo con su minúsculo sentido del orgullo herido. -¿Me estás dejando por tus amigotes?
-Hay cierta inestabilidad en la tribu...
-Espera un momento.- Interrumpió Fránsico molesto. -¿Puedes explicarme como esas criaturas de ahí afuera, incapaces de saber donde termina su cabeza y empieza el casco son capaces de hacer preguntas incómodas?- Mariam quedó pensativa unos instantes.
-Pueden ser muy persuasivos.- Dijo al fin.
-¡Ah sí? ¿Qué clase de persuasión? “Yo matar tú”, “yo comer mucho hierro y ahora encontrar mal”,- parodió el bardo -no se me ocurre como alguien que solo sabe hablar con infinitivos puede... ¡Y qué si hablan?- Gritó Paco en un desesperado intento de aparentar que poseía algo de dignidad.
-Han dicho que te comerían para la cena...- Intervino Mariam hábilmente.
-Ah...- Fránsico comprendió por que sobraba allí, aquel argumento tenía todo el peso de una exposición de dos horas concentrado en tan solo ocho palabras.
-Bueno, además...- Las palabras de Mariam perdieron tanta fuerza que se desvanecieron antes de acabar la frase.
-Además, ¿qué?- Espetó Fránsico.
-No nada...
-¿Como que nada? Ahora lo dices.- Inquirió el bardo. Dentro de la cabeza de Fránsico se agitaban un sin fin de emociones irracionales y contradictorias que saltaban al vacío por sus ojos enfurecidos. Es cierto que Fránsico ardía en ganas por desaparecer de allí pero por primera vez en su vida había sido herido en el amor propio por un miembro del sexo contrario y era una sensación que no le estaba gustado en absoluto.



A lo lejos, al otro lado del campamento se escuchó un crujido, seguídamente un aullido ahogado, luego silencio.

Hubo unos momentos de confusión, de ese caos que ocurre cuando alguien lleva mucho tiempo sin hacer algo no lo ha llevado a cabo nunca, eso tiene una explicación: Una tribu de orcos se forma a partir de varios guerreros jóvenes, desconformes con el chamán-jefe al mando, marchando a fundar otra tribu para continuar con sus propias vidas. Claro que, joven también suele significar inexperto. No existe ningún rito ni tradición fija para este hecho de disgregación, pero no está mal visto en la tradición orca. Ocurre de forma espontánea, de manera que los guerreros cargan exclusivamente con lo necesario y marchan lejos. Es muy común que éstos guerreros se den cuenta demasiado tarde de que no hay hembras entre ellos, ya que la filosofía orca niega el retroceso sobre los propios pasos so pena humillación y sus conocimientos sobre el ciclo reproductor no son demasiado extensos, en un alarde de originalidad e imaginación llegan a los desagradables malentendidos que el lector puede imaginarse. Esta teoría comúnmente aceptada por los mago-antropólogos especializados explicaría los clásicos grupos solitarios de orcos que parecen surgir de la nada y asaltar a los aventureros por la noche o en caminos de montaña, al igual que  la voluble irritabilidad de los mismos, lo que nos lleva de vuelta al hilo principal de la explicación. Los heróes y aventureros errantes por regla general arrasan los campamentos orcos hasta los cimientos, incluso asesinando crías a sangre fría, con el objetivo de conseguir tesoros y la valiosísima experiencia de combate. De esta forma, siempre que un héroe ataca un campamento orco es la primera vez para éstos últimos, produciendo una clara desventaja entre las verdes filas verdes y alimentando de nuevo ésta relación causal recíproca.



-No quiero hacerte daño Fránsico.- Dijo Mariam. En lo que con otro contexto habría sido un cinismo cruel, hay que aclarar que la jefa del campamento no era agresiva por naturaleza sino que estaba atada a las terribles pasiones que arrastran a los de su raza. Lo que para un humano sería un mal día, para un orco se convierte en una matanza y un incidente ligeramente molesto como perder las monedas para la cerveza mañanera pasa a ser motivo para matar a alguien, todo producto de la sangre orca y su baja temperatura de ebullición, metafóricamente hablando.
-Pero si tanto insistes... te falta hombría.- Lapidó Mariam. A Fránsico le rechinaron los dientes.
-Quemef... ¡Quemef...?
-Sí, hombría, valor.- Añadió la jefa.
-¿Me estás llamando cobarde!- Gritó Paco ciego de ira. -Pues que sepas que soy más valiente que cualquiera de los orcos de ahí afuera!
-Ah, ¿Sí?- Plasmó Mariam en una sonrrisa que transmitía sed de sangre.
-¡Sí! ¡Hasta un kobold podría con cualqueira de los orcos de tu tribu!
-¿Te estás comparando con un kobold?- Cuestionó Mariam perspicaz.
-¡Sí! … ¡NO!- Rectificó el bardo. -Solo digo que...
-Que los orcos están tan débiles que hasta tú pdorías con uno de ellos.- Terminó Mariam. Fránsico se dió cuenta de la triquiñuela y guardó silencio.
-Admítelo Fránsico, no tienes cojones.
Aquella fué  la última y definitiva puñalada al autoestima de Paco. Da igual lo cobarde y rastrero que sea un hombre, nunca se le ha de ofender o poner en entredicho su hombría o valor si no se quiere llegar a consecuencias desagradables.
-¡Pues tú...- El tiempo se suspendió, literalmente, pues en la otra punta de Faerûn un poderoso mago había cojurado el encantamiento para parar el tiempo y poder hacer trapas a las cartas. Cuando el Tiempo volvió a poner costosamente en marcha su vieja y pesada maquinaria (que está hecha de madera y latón) Fránsico buscó rápidamente en su cerebro que era lo peor que se le podía decir a una mujer, y en un alarde de originalidad concluyó -...estás gorda!
Los músculos se tensaron en la cara de Mariam, más de lo habitual. Fatal error. Cuando antes decíamos que traería consecuencias desagradables nos referíamos obviamente para Fránsico. Nuestro bardo pudo ver como un puño enormemente verde se lanzaba de forma súbita hacia su mandíbula.
El Universo decidió gastarle una broma de mal gusto al pobre Paco. Aquel poderosísimo mago tahúr volvió a parar el tiempo (habían repartido una nefasta mano) pero algo no salió bien y aunque no venga a cuenta diremos que a ese mago le quedan escasos minutos para morir: La conciencia de todos los seres vivos de Faerûn permaneció intacta y consciente durante aquel no-tiempo. Paco pudo observar, durante más o menos diez segundos aquel yunque de piel y huesos suspendido en el aire. Sin lugar a dudas se llevaría varios dientes del golpe. Pensó en lo que le iba a doler, incluso le dió tiempo de imaginarse lo poco atractivo que quedaría desdentado, así que decidió por su propia imagen personal intentar esquivar el aparentemente inexorable jetazo. Calculó, un poco a ojo de buen cubero (borracho y con cataratas), la trayectoria del puño.
Todo volvió a la normalidad, la física retomo sus leyes naturales ya acomodadas en el mundo y la inercia hizo su trabajo. Paco, mentalizado para zafarse de aquel acorazado de callos y cicatrices, hizo un hábil giro de cabeza, pero en vez de apartarse puso la sien y cayó al suelo como un saco de patatas podridas.



-Creo que está muerto.- Dijo una voz ronca pero suave, como un pantalón de terciopelo y encaje de bolillos, usando una entonación que sugería el mismo mal gusto estético.
-Me pregunto que hacía con el jefe orco, estas criaturas no suelen hacer prisioneros.- Cuestionó otra voz que sonaba como un fuelle roto con un ratón histérico dentro.
-Le gustarán afeminados.- Añadió la primera voz, y ambos echaron a reír. Se escucharon unos chasquidos y la segunda voz soltó una palabra malsonante en un idioma desconocido.
-Otra vez no...- Exclamó sombría la primera voz.
-¿Había una hoguera fuera verdad?- Preguntó la voz chirriante.
-Creo que sí, no lo recuerdo muy bien... estaba demasiado ocupado descuartizando a esos monstruos sin alma.
-¿Has matado a las crías?- Comentó la segunda voz con tono rutinario.
-Sí.- Afirmo el otro. -Hasta la última. ¡Y es más! Les he sacado los dientes, he oído que se cotizan muy bien en el mercado negro... Me lo comentó un githyanki en Puertocráneo...- Divagó unos segundos. -Algo de un conjuro que servía para algo que no me acuerdo que era...
-Mientras saquemos buena tajada como si quiere invocar a mil demonios del infierno.
-¿Y encontrarte con tu padre?- Bromeó la primera voz.
-¿Eso lo dice un enano alto y sin barba?- Espetó la segunda un tanto irritada.
-Bien, veo que es momento de marcharnos.- Atajó la primera. -¿Que hacemos con este pimpollo? No parece llevar nada de valor.
-Creo que se ha movido.- Comentó el segundo no demasiado ilusionado.
-Deberíamos dejarlo aquí tirado.
-No me parece muy humano.
-¿Y eso lo dices tú?
-Amigo, los enanos te enseñaron a blandir un hacha, pero está claro que no te explicaron que es la ironía.- Se hizo un silencio incómodo en el que solo se escuchaba una pesada respiración. Lo rompió la primera voz.
-¡Pero entonces nos lo llevamos o qué?
-Dejarlo aquí no es demasiado lucrativo.
-No te sigo.
-Quiero decir, si sobrevive Szordrim dará buena cuenta de él y si no...
-¿Lo tiramos a un pozo?- Pasaron unos segundos antes de que la segunda voz contestara.
-En ocasiones eres exasperante.- Dijo finalmente a sabiendas de que su compañero tenía dificultades para comprender palabras de más de cuatro sílabas. -Se lo llevamos a John(2).
-¿El nigromante?
-El mismo, paga bien por cadáveres frescos.- Lo cargaron en un duro hombro forrado de aún más duro cuero tachonado, en una postura nada cómoda. Fránsico, que permanecía en un estado de semiinconsciencia algún día recordaría aquella conversación con un escalofrío en la espalda.

Paco se despertó junto a la hoguera de un campamento improvisado, ya entrada la noche y con un dolor de cabeza como si se la hubiera coceado un caballo. Acostumbrado a recobrar el sentido en extraños lugares que no había visto en su vida se sentó frente al fuego para calentarse, en un intento de terminar de recobrar la vida. Cuando su cerebro comenzó a volver perezosamente al interior del cráneo se percató de que había dos catres, uno de ellos relleno con un bulto que de vez en cuando gruñía como un animal salvaje y acorralado. La otra manta estaba vacía.
Fránsico utilizo una lógica simble combinada con algo de matemáticas de un aprendiz de mago: 1+1=2; le faltaba uno, luego la conclusión era sencilla. El otro tanía que estar cerca, no estaba a la vista y presumiblemente lo estaría observando. Tras varios disimulados intentos de otear alrededor no consiguió ver a nadie.
Nuestro bardo no era tonto, ni mucho menos, más bien todo lo contrario, su problema era ser extremadamente despistado, casi como si sufriera una borrachera crónica. Imaginemos un instante que logramos eliminar de las cercanías de Fránsico cualquier distracción posible, sobre todo las moscas, el mundo se vulve completamente gris y lo rodean un montón de señores con cara amuermada y traje de funcionario, entonces Paco sería capaz de pensar en objetivos realmente brillantes.
El bardo miró hacia el firmamento, las copas puntiagudas de los árboles se recortaban anaranjadas por el fuego contra una oscuridad infinita, tan prounda casi como la del corazón del que lo vigilaba en silencio. Fránsico notó un olor extraño en el ambiente. Olfateó. No se trataba de un aroma propio para un bosque y le era ligeramente familiar. Puso a prueba su fina nariz de catador. Tras varios intentos fallidos de saborear el aire que le rodeaba llegó a la conclusión que no era un aroma sino la composición de varios, y el más claro, pero no el más llamativo, un rastro de azufre, pero había cierto matiz que se le escapaba.
Se movieron unos matorrales y de entre las sombras apareció un tipo con pintas de explorador. No me extenderé más en la descripción porque va a morir horriblemente en menos de diez segundos y no era el segundo captor. Miró al bardo y dijo -Fránsico, debéis venir conmigo.- Casi sin terminar la frase, un silbido como el tañer de la guadaña de la misma muerte partió el aire, una flecha escarlata atravesó uno de los ojos del desdichado individuo,  instante después explotó su cabeza produciendo una desagradable cascada líquida de salpicaduras y sesos salteados. Una risita siniestra se escuchó de fondo.
Gracias a que Fránsico no era muy consciente ni de su propia existencia lo aceptó con facilidad, pero le quedó claro que más que rescatado, había sido raptado de nuevo. Empezaba a acostumbrarse y se decía a si mismo que no podría ser peor que lo de Mariam. Pobre infeliz.
Se escucharon unos pasos a su espalda, Paco no se molestó en volverse porque si lo quisieran muerto había quedado muy patente que ya lo estaría y le parecía obvio que aquellos pasos estaban forzados para hacer ruido. Mientras tanto, el individuo dormido ni se había inmutado con la explosión pero tan pronto los trozos de explorador que habían caído al fuego comenzaron a desprender cierto aroma a barbacoa se escuchó mascullar *en éfico* ¿Comida?.
Una mano se posó en el hombro de Fránsico. -Así que nuestro estimado huésped se ha despertado.- Sonó en un tono a caballo entre ironía y desilusión soplado a través de los tubos de un órgano roto y sucio. -¿Que clase de modales tengo?- Continuó mientras Paco observaba de reojo una mano rojiza y con uñas largas. -Todavía no me he presentado.
-Y eso que lleváis largo rato observándome.- Puntualizó el bardo.
-No sois tonto, y os agradezco por vuestra propia seguridad no haber huído, de lo contrario...
-Ahora estaría muerto.- Interrumpió Paco mordaz.
-Exacto. Mi nombre es Hazael.- Dijo la voz asmática. Hizo una pausa dramática. -Tú eres Fránsico.
-Sí, Paco para los amigos.-Expresó inseguro el bardo. -Llámame Fránsico.- Añadió. -¿Me conocéis?
-¡En absoluto!- Apresuró el recién aparecido.
-Os agradezco haberme rescatado de la, el orco jefe.- Rectificó ágilmente Fránsico.- Estuvo a punto de matarme.- Pero en otra ocasión y de otra forma, completó para sus adentros.
-No agradezcáis tan rápido...- dijo sin terminar de captar la ironía -¿bardo?- Cuestionó Hazael -¿O solamente eres un poco rarito?
-¡Soy! Un juglar.- Aclaró Fránsico con orgullo desmedido. -Y a mucha honra.- Añadió.
-Bien, bien. No está mal. Tiene que haber de todo en Faerûn.- Lapidó Hazael pero Paco hizo caso omiso porque entró en ese estado de alerta de alguien que está maquinando un plan, esos momentos preliminares en los que se afila la mirada y aparece media sonrisa en la cara.
-¿Sabes?- Comenzó aún siendo una forma gramaticalmente incorrecta para empezar una frase. -Bardo no se hace, se nace. No hay elección a la hora de sentir el arte y los placeres de la vida de una forma más elevada que vosotros criaturas de bajo rasero.
-¿Por placeres de la vida te refieres al vino y las mujeres?- Interrumpió Hazael.
-Bueno... básicamente sí.- Contestó Paco inseguro, consciente de haber perdido toda su carisma de golpe.
-¡Eso le gusta a cualquiera! No alardes tanto.

Fránsico supo que era el momento.

-¡LEAZAH!- El universo tiene unas reglas, Fránsico lo sabía. Los demonios no son cosa del Plano Material y hasta el bardo más inexperto(3) sabe que para expulsar a una criatura de los Planos Inferiores de vuelta a su lugar hay que decir en alto su verdadero nombre que como todo el mundo sabe los extraplanares demoníacos no son muy creativos y suelen dar el mismo dicho al revés.
El bardo se giró de un ágil brinco para encontrarse de bruces con una enorme y sonora bofetada que le hizo dar tres vueltas sobre si mismo. Fránsico miro hacia arriba, palpándose la mejilla y encorvado del dolor. Un hombre, por llamarlo de alguna manera, con la piel color rojo cereza, enfundado en una elegante armadura de cuero, botas caras y un exhuberante sombrero de ala, colocado de medio lado con la intención de dejar un pequeño cuerno a la vista que sobresalía de su frente miraba al bardo con indiferencia. No era un demonio sino un tiflin bastante cabreado.
-¿Tú eres gilipollas, verdad?
La respuesta de Fránsico no fue más que varios gemidos incomprensibles. Junto a la hoguera se escuchó -Cinco minutos más, madre.



(1) Es el caso de una pequeña línea evolutiva del Ovis orientalis aries en las cordilleras al sur del desierto de Shaar. Tiene especialmente desarolladas las capacidades cognitivas y el aparato fonador, según algunas investigaciones se ha llegado a la conclusión de que esta desambiguación de la especie se debe a los residuos mágicos producidos en Halruaa. Pero pese a estas cualidades inéditas en miembros de la especie ovina nunca tienen nada interesante que decir y son tremendamente manipulables.
(2) Un nombre nada glamuroso para un nigromante, pero un nigormante inteligente es un nigromante vivo, y la clandestinidad es prioritaria para un hobby que requiere cadáveres. Los nombres estrambóticos que sugieren necrosis son faros destelleantes para aventureros entrometidos. Con un nombre tan común como John siempre se puede usar el viejo argumento de “Yo no soy ese John del que habláis”, para cuando los héroes se den cuenta del engaño estarán rodeados de zombies y el nigromante habrá corrido a un lugar seguro.

(3) Se consideran bardos inexpertos los que llevan cinco borracheras o menos.

sábado, 3 de abril de 2010

Fránsico - Anécdotas #2


Encuentros del camino



Entre la Puerta de Baldur y Nashkel, Fránsico, Paco, caminaba por el borde de la calzada, torpemente empedrara varias décadas atrás quedaba por igual patente que el cuidado de la misma había sido nulo. De ésta forma Paco llevaba miedo de que pasara algún carruaje a demasiada velocidad, ya se había llevado más de una pedrada de las que salen disparada de las ruedas de los carros.

Fráns.... Paco caminaba pensando en todo lo ocurrido, dándole patadas a un trozo de adoquín que le había castigado los riñones el día de antes. Todo el embrollo empezó cuando aquel trozo de calzada había salido disparado hacia el costillar de Paco culpa del carruaje de un rico mercader que, tas percatarse de la presencia del bardo, hizo parar su carro en seco. Paco miraba doblado de dolor como el comerciante bajaba de su lujoso transporte y se acercaba hacia él con una sonrisa falsa. Nuestro pintoresco juglar esperaba una humilde disculpa por el cardenal que le iba a aparecer en breves, pero, no solo no se disculpó sino que intentó venderle un repelente de orcos y semi-orcos. Por mucho que aquel vendedor insistiera en las maravillas de su producto y que aquellos caminos estaban plagados de orcos seguía sin resultarle convincente a Paco.

El mercader, Gozno que decía llamarse, abordó a Paco con una desenfrenada concatenación de adjetivos, tecnicismos y palabrería en general, que bien podría haber sido una ristra de morcillas, pues el juglar lo veía igual de negro. Aquella primera embestida propagandística surgió sin un previo saludo como dicta el protocolo, para un atareado hombre de negocios decir 'hola' era perder unos valiosos segundos que podrían haber sido empleados en algo más lucrativo como, por ejemplo, añadir un adjetivo extra a la descripción de su producto.

Después del desconcertante aluvión de palabras extrañas (muchas de ellas inventadas) Paco, más centrado y consciente de lo que estaba ocurriendo, llegó a la conclusión de que le estaban intentando vender algo. Algo que era increíble, maravilloso, antiséptico, inodoro, incoloro, indoloro, inocuo, leandrático, eficaz, imprescindible, analgésico, desinfectante, inhibidor, sulfurante, hipercontaminante, hidratante, hiporevitalizador y un largísimo etcétera de muchas otras cosas sin sentido. Y todo ello mientras el comerciante agitaba los brazos de una forma desproporcionada y esperpéntica.

El mágico producto en cuestión, explicaba Gozno, es aplicado sobre la piel gracias a la boquilla mágica patentada por él mismo, al accionarla creando una ligera presión sobre ella, se disparaba el mecanismo que dispersa el líquido repelente de orcos y semi-orcos, también patentado por él mismo, y de ésta manera, ninguna malvada y pérfida criatura orca se acercaría al portador del maravilloso, mágico, (etcétera, etcétera, etcétera) y revolucionario producto. Naturalmente Paco desconfiaba, y no era para menos viendo la enorme y fingida sonrisa que Gozno tensaba en su cara, sumando que ver una hilera de dientes negruzcos no era de las imágenes más agradables de Faêrun.

‘No sé no sé’ dudaba Paco. Entonces el hábil comerciante Gozno atacó con una oferta de “dos por tres” que a priori parecía difícil de rechazar. Pero, ¿para qué quería Paco un repelente para orcos si nunca había visto uno, y dudaba mucho de que lo fuera a ver? Aunque Gozno seguía insistiendo, y el "dos por tres" ofrecido era jugoso.

-¡Yo mismo lo uso AMIGO Paco! ¡Yo mismo en mi propia piel y me va de maravilla!

-¿Pero por qué gritas tanto? ¿Te pasa algo en la garganta?

-¡Mira AMIGO Paco! ¡Son mis últimas unidades! ¡¿Precio oferta sabes?! ¡Solamente un platino! ¡SOLO UN PLATINO!

-¡Un platino! Como si tuviera un platino... ¿Que te pasa en la boca? ¿Por qué tienes los dientes tan negros? ¿Es un efecto secundario de tu repelente mági...?

-Es un grave problema médico por culpa de una adicción que no viene al caso... ¡Ahora bien AMIGO Paco! ¡¿Quieres uno?! ¡Claro que quieres uno! ¡Cógelo, cógelo! ¡Casi no pesa nada para llevarlo en tu petate!- Hábilmente le puso el bote en la mano a Paco.

-Oye, que no lo quiero, no quiero tu producto.

-¡Claro que no pesa nada! ¿Ves como te lo había dicho? ¡Gozno no miente NUNCA! ¡Y es buenísimo para piel AMIGO Paco! ¡Que si mal no me equivoco eres un tuno...! no, ¿como se decía? ¡Ah si, un JUGLAR!

-¿No me estás escuchando verdad?

-¡Y a los JUGLARES os gusta tener un cutis PERFECTO! ¡Pues con el Repelente para Orcos Patentado de Gozno™ no solo no se te acercará ni un ORCO ni medio, sino que ADEMÁS tendrás un cutis y una piel SUAVE como la de un BEBÉ halfing!

-Hace rato que te he dicho que no lo quiero.

-¡ADEMÁS! ¡ADEMÁS deja un dulce y fresco aroma a moras MADURAS!

-No me gustan las moras... ¿y no has dicho antes que era inodoro?

-¡Un GALÁN como tú sabe que necesita el repelente para orcos si quiere triunfar con las DAMAS! ¡¿Eh truhán?!- El incansable comerciante le arreó a Paco dos codazos en un vano intento de confidencialidad, con la suerte de darle justo en la costilla amoratada.

-¡Vaya, te he hecho DAÑO! ¡Bueno, no IMPORTA, porque el Repelente para Orcos Patentado de Gozno™ también es un fantástico ANALGÉSICO! ¡¿VERDAD que no puedes pasar sin él?!

-Una vez más te repito que te pierdas en los planos inferiores...

-¡A los PLANOS inferiores se irán los orcos cuando huelan el repelente!

-Oye, si dices que éste camino está infestado de orcos ¿por qué gritas tanto? los atraerás...

-¡No AMIGO Paco! ¡Porque tenemos el Repelente para Orcos Patentado de Gozno™ y es imposible que unos orcos malolientes se acerquen a nosotros y....!- Justo entonces, a lo lejos, cerca del vado de un río saltaron al camino unos quince orcos; verdes, grandes, armados y ruidosos. Gozno se volvió incrédulo; durante unos segundos Paco y Gozno cruzaron las miradas perplejos, entonces el comerciante le arrebató el Repelente para Orcos Patentado de Gozno™ de la mano a Paco gritando ‘¡Jódete piojoso!’ y saltó dentro de su carruaje, que salió disparado en dirección contraria a la amenaza verde.

Antes de que Paco se diera cuenta estaba rodeado de criaturas verduzcas y babeantes, armadas hasta los dientes (los que probablemente, por su tamaño y forma también podrían haber sido utilizados como armas). Paco, lejos de perder los nervios, haciendo gala de su estoica templanza, en un increíble acto, digno de héroes, que yo como narrador de ésta historia he de insistir en que ni los más curtidos en la batalla son capaces de mantener la compostura en unos momentos tan difíciles, nuestro héroe Paco, inamovible como solo él sabe aparentar, apretó fuertemente el esfínter para no experimentar desagradables contratiempos; que luego estas cosas se terminan sabiendo y no son anécdotas de las que una dama se tenga que enterar.

La hoja afilada en el cuello no le faltó momento alguno a Paco, mientras tanto, los barbáricos seres discutían entre ellos en un idioma rebosante de zetas, sonidos ceceantes y descomunales salivazos que salían disparados cuando articulaban cualquier palabra. Paco, aunque no hablaba idioma orco[1] puso todo su esfuerzo y escasa concentración en interpretar las expresiones y aspavientos de éstos. No les quitaba ojo a los verdes conversadores. Viendo como braceaban llegó a la conclusión de que se referían a algo grande, considerablemente grande, quizá una olla o algún tipo de utensilio de cocina usado a modo de recipiente, muy probablemente para la cocción de alimentos. El otro orco no parecía muy de acuerdo con su camarada, negaba con la cabeza, y movía la espada horizontalmente de atrás a adelante, como quien ensarta una pieza de carne en un palo, luego giraba la hoja, dando a entender que era más cómodo para darle vueltas. El primer orco, claramente en desacuerdo, bajaba la mano del segundo, negado y reafirmándose de nuevo en su idea del perolo grande, mientras hacía gesto de remover con la espada. La agitada conversación continuó así de interesante durante un largo rato, hasta que un tercer orco entró en ella. Éste último, que era de un verde más claro, falta sin duda de alguna vitamina en su dieta alimenticia, separó a los indecisos orcos y, con su hacha hizo varios cortes al aire justo antes del gesto universal que se refiere a la acción de ingerir, expresando su predilección por la carne cruda. Todos los orcos afirmaron gozosos, expresando su acuerdo con gritos guturales y golpes en la cabeza. Entre dos cogieron a Paco, agarrotado como estaba y se lo llevaron al campamento.

Paco dio con sus huesos en los barrotes de una rudimentaria jaula, situada en el círculo más externo de la plaza central del campamento. Las tiendas, levantadas con pellejos de animales y palos se aglutinaban en pequeños grupos de cuatro o cinco, y el conjunto de todas ellas formaban un aro alrededor de lo que claramente era la zona de reunión socio-lúdica, con la tan típica hoguera apagada en el centro. De entre todas las tiendas solo destacaba una, grande e imponente. Elevada sobre las demás y con una pintoresca decoración de huesos humanos, era sin duda el acogedor hogar del jefe.

Paco continuaba concentrado en su complicada tarea de apretar el culo, mientras tanto los orcos seguían discutiendo fuera. Aunque el punto relativo a la preparación de la comida lo tenían claro, discrepaban en la forma de repartirse el festín. Había mucho orco y poco Fránsico. Los miserables orcos parecían famélicos y debilitados, a más de uno se le notaban las costillas, y todos, sin excepción, miraban a Paco con un deseo obsesivo. Era evidente que los ánimos estaban calentitos entre los miembros de la tribu, las caras verdes se agolpaban al rededor de la jaula, salivando efusivamente hasta el punto de que casi formarse un barrizal a sus pies. Entre tanta expectación y deseo culinario varios orcos empezaron a inquietarse, y lo había comenzado como unos leves empujones terminó siendo una avalancha de puñetazos, patadas y mordiscos a troche y moche. Paco se sentía más seguro dentro de la jaula, por lo menos allí dentro solo le saltaba alguna gotilla de sangre de vez en cuando o algún diente que había perdido la pista de su dueño. Entre el avispero de mamporros había un orco que repartía más que ninguno y no tardó mucho en dejar a varios de sus camaradas noqueados en el suelo. Otro viaje y otro orco más al suelo. Dos más, éstos con un brazo roto y la dentadura por el suelo. Otro que se acercaba sigiloso por detrás terminó estampado en un montón de cajas vacías. Otro golpe, y otro más, resultaba casi hipnótico... el pequeño detalle era que, se peleaba por él, ¡pero para comérselo! Paco flotaba entre las brumas de irrealidad que otorga el piadoso seso cuando no se termina de racionalizar algo, nunca se había visto rodeado de orcos hambrientos peleándose por comerle, a decir verdad nunca había estado rodeado de orcos; que narices ¡media hora atrás jamás había visto un orco!

Se había proclamado un ganador, como narrador afirmo que no se muy bien como describir al orco pues todos me parecen iguales, pero le echaré imaginación. Era grande y verde, sus caninos inferiores sobresalían desproporcionadamente de su boca... ya lo decía yo, todos iguales. Corramos un tupido velo.

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El orco vencedor se acercó a la jaula dónde Paco miraba anonadado, crujiéndose los nudillos y babeando más que un caracol, ya casi podía saborear las tiernas carnes del bardo. Paco, que ya comenzaba a tomar conciencia de su inmediata defunción hizo un esfuerzo por sonreírle amablemente al orco, con la esperanza de que sonara la flauta por casualidad y le perdonaba la vida. Por desgracia, el total desconocimiento del folclore orco por parte de Paco lo había hecho cometer un error fatal. Para un orco, enseñas los dientes, o para un ser civilizado lo que viene siendo una simple e inocente sonrisa, era una ofensa terrible, una de las peores quizá. En nuestra cultura podría traducirse como si alguien te levantara en el aire por tus partes genitales mientras menta al recuerdo de tu madre no muy respetuosamente. En consecuencia, y como el lector imaginará, el orco montó en cólera y de un manotazo aventó los barrotes de la jaula dónde yacía Paco.

Nuestro bardo, el insensato Paco, se temía lo peor, lo más catastrófico, en sus entrañas podría sentir el final inexorable, no se creía capaz de aguantar sin cagarse de miedo mucho más rato. Cerró los ojos esperando que Sune, su adorada y querida Sune obrara un milagro para salvarle. "Mi amada Sune" pensaba Paco para sus adentros "Mi querida y deseada Sune, si me salvas la vida, te juro por lo que tengo entre las piernas, de lo que estoy muy orgulloso, y si no que lo pierda, que seduciré y llevaré al lecho a la primera hembra que vea, tienes mi más sincera palabra". Y al parecer la diosa le escuchó, porque no fue devorado por el apestoso orco que tenía delante, en su lugar escuchó un aterrorizador grito gutural que retumbó en sus oídos como un violento trueno. El jefe de la tribu había salido de su tienda. Era una bestia descomunal, su pecho parecía un tonel, con unos pectorales enormes, los brazos parecían troncos de árbol y su pelo, enmarañado en una coleta "cebollona" era más negro que la ingle de un drow. Aquella monstruosidad de ser avanzó hasta Paco y lo levantó sin esfuerzo alguno, como las gatas cuando cogen a sus cachorros, y se lo llevó a la tienda de donde había salido. El resto de los orcos se limitaron a apartarse conforme pasaba su jefe, incluso los que yacían casi inmóviles en el suelo se arrastraron para no entorpecer el paso a su líder.

El tremendo orco soltó a Paco en lo que parecía un sillete, junto a una primitiva cama. El interior de la tienda estaba realmente bien aprovechado. Aquella criatura había colocado baldas donde guardaba una desproporcionada cantidad de mejunjes, líquidos embotellados y lo que parecían saquitos con polvos, seguramente, pensaba Paco, útiles de magia orca que en apariencia utilizaba el chamán con cierta frecuencia. También había, lo cual era un poco desconcertante, una especie de "algo" que parecía una cómoda, en un orc-style de lo más clásico, fabricada con huesos, excremento y cuerdas de esparto. Todo lo que estaba a la vista era el no va más del glamour orco. Cráneos decorados, pieles de tigre con curiosos tribales dibujados, presumiblemente con sangre humana, alguna cabeza reducida, ya un poco desgastadas, un exquisito candil de forja, sin duda de fabricación enana, un retrato ecuestre, la verdad es que el jefe orco tenía buen gusto, una bonita colcha de encaje sobre la cama...

El jefe orco se dio la vuelta con un cráneo en cada mano, tendiéndole uno a Paco. Su anfitrión se había pintado la cara con algún tipo de pintura ritual, o de guerra, los labios los llevaba rojos y el contorno de los ojos oscurecido. Aquel detalle le sorprendió enormemente a Paco, pues no tenía a los orcos por tan cuidadosos. Cuando cogió el cráneo que le ofrecía, que no era ni más ni menos que un socorrido vaso, Fránsico se percató de que llevaba las uñas pintadas de rojo. Su anfitrión se apoyó el la cómoda.

-¿No vas a probarlo? Es un exquisito rosado de Everlund, a mis chicos les costó horrores arrancárselo al mercader que lo llevaba, seguro que para ser malgastado por algún piojoso elfo sin paladar.

A Paco se le descolgó la mandíbula de su sitio.

-¿Te vas a quedar ahí mirando boquiabierto? Pensaba que los tunos... juglares, perdón, erais más divertidos.

Paco era incapaz de mediar palabra.

-Oye, si te has quedado mudo prefiero sacarte fuera y que se te coman... ¡lo que hay que hacer por un poco de conversación inteligente!

Paco le dio un trago al líquido, que en efecto era lo que el orco decía.

-¡Delicioso el vino! Pero no me mate, ni me saque ahí fuera, puedo entretenerle de muchas maneras... ¡Y con el vino gano mucho!

-Vaya, al parecer el bardito si que sabe hablar.- Se acercó a Paco y le levantó la barbilla delicadamente con el dedo índice. -Me pregunto que más sabrás hacer con esa lengua prodigiosa...- Sin duda era un comentario desconcertante.

-¡Le puedo recitar un poema! ¿Como se llama usted?

-Mariam.

-Bien... Mariam... ¿¡Mariam¡? ¿Que clase de nombre orco es...? ¡Mariam! ¿¡Es que acaso usted es hembra...!? Digo, ¿¡mujer!?

-Me sorprendes. ¿No sabes reconocer a una dama cuando la tienes delante, truhán?

La voz de Sune retumbó en la cabeza de Paco "Cariño, tenemos un trato, ¿lo recuerdas?"



Imágen: http://puppeli.deviantart.com/


[1] El idioma orco consta de aproximadamente unos diez caracteres y una muy reducida lista de fonemas diferenciables y clasificables. Magos estudiosos de filología han determinado que esto se debe a la escasa inteligencia de sus hablantes nativos y la imposibilidad de los mismos de entender una cifra mayor al número diez, sumado a su clara dificultad para articular palabras complejas. Independientemente el vocabulario es extremadamente extenso, gracias a sutiles entonaciones en la pronunciación, así pues la palabra (escrita fonéticamente) 'Grouuuzz' puede significar "leche rancia de cabra" o expresar desacuerdo con el pago de botín otorgado por el jefe.

domingo, 28 de febrero de 2010

Fránsico - Anécdotas #1

Los bajos fondos de Aguas Profundas

(Si las aguas son profundas imagínate los bajos fondos)

La taberna “El Bazo de Goblin”, no era precisamente una de las más populares de Aguas Profundas, pero solía pasar la noche en un ir y venir de licores variados. Paco, con los colores que otorga el vino especiado, correteaba de una punta a otra la tarima del establecimiento, punteando su laúd con la uña de trol que utilizaba para aquel menester; canturreaba aquella copla que habla del origen de los dragones:

“Dragoncitos a volar

cuando acabas de nacer

tu colita has de mover

pio, pio, pio, pio”


Tras él brincaban ya un par de ciudadanos, animados por el alcohol y la alegre cancioncilla agitaban los codos imitando a un dragón recién nacido; como si de sus escamosas alitas se tratara. Pero a excepción de Paco y los dos espontáneos bailarines, nadie más movía ni un solo músculo dentro de la taberna. El tabernero detrás de la barra ni pestañeaba, los borrachos habituales no habían probado una gota en toda la noche, tampoco se atrevían a levantarse de sus asientos, a las casquivanas mozas que frecuentaban los alrededores no se les había visto el pelo. Todas las miradas observaban de reojo una única mesa. Mientras tanto, Paco ajeno a toda aquella sombría situación continuaba con su alegre revoloteo entre los presentes, canturreando jovial en compañía de las agudas notas que salían de su laúd.


En aquella mesa, centro de todas las disimuladas atenciones, permanecían uno frente a otro dos caballeros, versados en el arte de la picaresca. Por un lado el viejo y experimentado Baturno “Rajatripas”, líder de la cofradía de ladrones “Daga Afilada” y al otro extremo de la mesa su contrapuesto, el joven e impulsivo cabecilla de la banda rival “Las sombras” (los ladrones nunca han destacado por su original retórica) que se hacía llamar a si mismo Ojosucio, en alusión a un desagradable problema médico que no viene al caso. Ambos diplomáticos callejeros discutían temas relativos al reparto de la ciudad, en lo concerniente al aprovechamiento de las oportunidades que ésta ofrece a los que podemos llamar... hombres ambiciosos.

Éstas “asambleas” entre personajes gustosamente megalómanos no eran algo frecuente; por lo general los implicados elegían un ambiente más discreto, pero las relaciones entre ambos grupos no estaban como para tirar bolas de fuego. Los dos dirigentes habían coincidido en que un lugar público era la opción más indicada para evitar tentaciones derivadas de la ausencia de testigos (meras formalidades como los asesinatos a traición, envenenamientos, etc.). La reunión fluía sin problemas, y aunque podía sentirse cierta tirantez en el ambiente no parecía haber motivos para llegar a las dagas. De fondo los dragoncitos de la canción Paco seguían revoloteando, pero para los ocupados dialogantes no era más que un murmullo lejano.

Baturno hablaba gesticulando mientras Ojosucio afirmaba con la cabeza, los dos reclinados sobre la mugrienta madera para no tener necesidad de levantar excesivamente la voz (¿habrá algo que les guste más a los ladrones que el secretismo? Bueno... quizá robar). Las decisiones tomadas en aquella reunión iban a afectar considerablemente al futuro del distrito; ambas cofradías tenían formas muy distintas de proceder. Baturno era partidario de la venta de servicios al pequeño negocio, como el alquiler de seguridad, para evitar que otros ladrones no robaran a los protegidos (claro que todo mentira, los propios ladrones eran los encargados de la seguridad), y si alguien se negaba a la compra de éste vital servicio, Baturno se veía obligado a tomar medidas ligeramente más drásticas, como puede ser el secuestro de los primogénitos del comerciante (la técnica “orejas de cerdo”, llamado así por el típico gritar del afectado, solía ser muy efectiva), o visitas nocturnas con numerosos daños materiales. En definitiva una simple estrategia de negocio. Por otro lado, Ojosucio prefería un enfoque más directo del asunto, como ya le había explicado a su interlocutor varias veces; a su juicio las florituras y añadidos no son más que gastos intermedios innecesarios y por lo cual, a parte de una perdida de tiempo; un uso inadecuado de recursos tanto humanos como materiales; era un receso para el negocio. Ojosucio, haciendo gala de su característica practicidad, prefería extorsionar a los mercaderes amenazándoles con arrebatarles la vida o mucho peor aún arruinarles el negocio (aunque parezca increíble la mayoría de los mercaderes preferían perder la vida al negocio, al fin y al cabo un próspero empresario puede pagarse los servicios de un clérigo), se puede decir que su política de negocio era un fiel espejo de su personalidad directa, agresiva y ambiciosa.

Mientras tanto, Paco que llevaba ya en su cuerpo serrano un par de vinos más se plantó delante de la mesa ‘LIM’ (Ladrones Importantes Maquinando). Hasta aquel preciso momento, Paco no había sido más que un constante murmullo de fondo para los dos diplomáticos, un moscardón que revolotea ruidoso alrededor... el problema es cuando el moscardón se para en el ojo de alguien a quien no le gustan los insectos alados, ni los músicos ambulantes.

-¡Amigos! ¡Unas monedillas para el artista!- Dijo Paco sosteniendo al revés su bigornio para recoger las limosnas.

-Déjanos en paz, baboso- Contestó Ojosucio sin prestarle demasiada atención al bardo.

-¡Venga amigos! ¡No seáis maleducados! Una vez conocí a un perro luskanita que era más amable que vos.

-¡Que te pierdas, ositas!- Gruñó de nuevo Ojosucio, pero Fránsico sin darse por aludido agitó el sombrero haciendo sonar las monedas que ya llevaba en él, una eficiente estrategia para hacer sentir culpables a los menos generosos. A su vez Baturno extendió la palma de su roñosa mano frente al impulsivo Ojosucio cuando advirtió que éste había echado mano de su daga.

-Tranquilo camarada, no hay motivo para tomar acciones precipitadas, vera usted noble bardo,- volviendo su mirada hacia Paco -que aquí mi amigo y yo no hemos estado escuchando su interpretación debido a que estábamos totalmente inmersos en nuestros propios asuntos y charla privada, que si mi permite decir, son más importantes que cualquier cancioncilla popular, sin ánimo de ofender a su persona.- Paco, que en la tercera palabra había perdido el hilo de la conversación volvió a agitar el bigornio, esperando una donación que no llegaría nunca. Ya fue demasiado para la escasa paciencia de Ojosucio; rápido como un rayo, antes de que Baturno pudiera hacer nada por evitar la respuesta violenta, Ojosucio haciendo patente de su increíble destreza cogió a Paco por la punta de su capa, sin moverse ni levantarse del sitio enrolló al confuso bardo en ella misma, lo tumbó de lado sobre la mesa desparramando cerveza por todos lados cuando las jarras volaron por los aires. Como guinda del pastel con una afilada daga, de una fuerte estocada fijó capa y madera dejando inmóvil a Paco dentro de su propia prenda. Para asegurarse de que el desgraciado bardo había entendido la objeción, Ojosucio clavó otra daga a escasos dos dedos de la nariz de nuestro desafortunado protagonista.

Diremos en favor del particular bardo, que aunque un poco atolondrado, de tonto no tenía un pelo y su afilado ingenio le salvó la vida en numerosas ocasiones; aunque si no hubiera sido por culpa de su disperso espíritu y escasa moral no se habría visto envuelto en semejantes embrollos.

Paco recibió un directo al hígado.

-¿Quieres morir maldito bufón beodo?- Preguntó el embrutecido Ojosucio terminando con otro golpe en la castigada víscera de Paco. La cara de dolor que mostró el bardo expresaba muy bien el notable conocimiento que Ojosucio poseía sobre la anatomía humana. Paco que veía su gaznate en serio peligro, puso todo su empeño en concentrar las desordenadas ideas que le circulaban por el seso, para salir airoso de la peliaguda situación; de una manera completamente inusual y chocante para los que estaban presentes, Paco contestó con parte de un poema que en tiempos escuchó a importante bardo de la Costa de la Espada.

“¡Sentenciado estoy a muerte!

Yo me río

no me abandone la suerte,

y al mismo que me condena,

colgaré de alguna antena,

quizá; en su propio navío
Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo,

sacudí.”

Qué bonita es la magia para los amantes de las artes arcanas; es una lástima que un puñado de ladrones analfabetos no sepan reconocerla cuando la tienen delante de las narices. A decir verdad, Paco tampoco entendía esa magia como tal, magia que utilizaba en escasas ocasiones; para salir de algún aprieto (o ayudar con alguna seducción). El ignorante bardo comprendía sus inusuales poderes como una extensión de su arte hacia los planos divinos; siendo la misma diosa Sune, de portentosa belleza y ardientes pasiones, quien se había encaprichado de su voz. Presuntamente la femenina deidad le entregaba a él, que era un simple mortal, las útiles herramientas que le ayudaban a... no morir por culpa de su excéntrica conducta. Desgraciadamente la curiosa teoría filosófica terminaba cuando Paco empezaba a fantasear con hermosa Sune, en lo que podemos llamar “sueños eróticodivinos”.

El perspicaz bardo había lanzado un conjuro sin que los enfurecidos ladrones tuvieran opción a darse cuenta. Ojosucio, confuso por lo que para él eran tonterías le soltó a Paco otro mamporro en su dolorido hígado.

-¿Que paparruchas estás diciendo mendigo de cloaca?- Levantó el puño de nuevo para recordarle a Paco cual es el significado de la palabra dolor. Baturno, que había permanecido en silencio durante la explosión de violencia gratuita con la que el impulsivo Ojosucio había animado la noche, decidió interrumpir en la dramática escena para poner el punto de cordura que le caracterizaba; pero no fueron palabras tranquilizadoras las que salieron de los labios del viejo ladrón.

-¡Venga, mátalo ya! ¡Eres más cobarde que un kobold, siempre lo has sido!- Ojosucio se volvió hacia el anormalmente sobresaltado Baturno.

-¿Que dices viejo asqueroso? ¡¿Me estás llamando cobarde?!- Ojosucio encolerizado agarró la daga que había permanecido clavada frente a la cara de Paco, inmediatamente se escucharon los silbidos metálicos de numerosas dagas desenfundándose; presumiblemente de las dos docenas de encapuchados que había esparcidos por la taberna (muchos ladrones seguían creyendo que ir vestido de negro y taparse el rostro era pasar desapercibido). Sin necesidad de magia alguna, el tabernero y la mayoría de los parroquianos desaparecieron de la escena. Baturno, acalorado intentó explicarse en vano, pues no fue una explicación lo que escucharon los presentes.

-¿Osa llamarme asqueroso quien por ojo tiene una boñiga?- Fue la gota que colmó el vaso, si algo no soportaba Ojosucio eran los comentarios despectivos a cerca de su grave problema ocular; a su parecer no era un tema de mofa.

Lejos de sentirse en peligro, Paco disfrutaba del espectáculo; aquel conjuro de ventrilocuismo le había salvado el pellejo en más de una ocasión. Gracias a su vida entre taberna y taberna había aprendido a manejar a gente como Ojosucio, cuya violenta conducta no era más que un subproducto de sus miedos e inseguridades; en el fondo no era más que un niñito desamparado e indeciso (los clérigos estaban ya cansados de confesar a asesinos con traumas infantiles).

Antes de lo que dura un conjuro de parar el tiempo, Ojosucio se abalanzó sobre Baturno y los compinches de ambos entre sí, dando comienzo a lo que era una guerra abierta entre cofradías de ladrones.

Las dagas volaban, hombres apuñalados caían encima de las mesas despatarrándolas, y así numerosas irregularidades por el estilo en las que predominaba el color rojo y los gritos de dolor se sucedían, una tras otra dentro de “El Bazo de Goblin”. Paco se soltó como pudo, se dejó caer al suelo, recogió el laúd y se arrastró esquivando muertos apuñalados y ladrones en proceso de.

Mirando de nuevo a la fría noche, Paco corrió todo lo que pudo en busca de un lugar donde esconderse a salvo, y a poder ser otra copa.

Cuanto se habría ahorrado con el simple hecho de prestar un poco más de atención...